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Como la rosa: nunca Cómo puede ser bella Orihuela era entonces mucho campo, hermoso e inagotable, plagado de brotes olorosos y norias que sin descanso, morosamente, batían el agua de las acequias. Tersándola. Las tardes eran lentas, el sol remataba la jornada arropándose entre lo verde y la nena jugaba entre los naranjos, tirando de sus ramas y descolgando la fruta que repartía con sus hermanos. Desde por la mañana quedaba a su cuidado. Su madre y su tía bajaban a coser al pueblo y cuanto tenían, la casa y la huerta y la cabra y las gallinas, lo habían ganado trabajando juntas, a dos, las horas que hiciera falta. Años atrás, tantos y algunos más como los críos podían contar, no sabría decirse si fatalmente, la madre de esas criaturas se enamoró del heredero de una familia muy rica, la más adinerada de la provincia. En esa misma huerta lo vio alguna vez afanado en ayudar, en ser útil de una manera a todas luces insuficiente, apareciendo de repente con su traje gris de ausente, llamándola del otro lado de la tapia, “niña, ¿os hace falta algo?” y la chiquita corría a la casa donde su madre le hacía así, que no que no, con la cabeza. Cuando se giraba para contestarle ya no lo encontraba. Hasta tres hijos tuvieron juntos, tres hijos que no disfrutaron de él por cobardía, por flojera, por la época, por el dinero, por el orgullo, por la dignidad bien y mal entendida. Por nada en realidad, si bien se mira. Porque tenía que ser así. Las dos mujeres estaban unidas por un vínculo muy fuerte. No eran años para amilanarse y ya se las habían visto color de hormiga pasando mucha hambre y mucha fatiga. Se apoyaban tanto que el día que murió una, la otra se dejó morir de pena. Y lo consiguió. La nena quedó sola para siempre con sus hermanos. Huérfanos. Su padre jamás pudo reunir las fuerzas suficientes para saltar de forma convincente la tapia, mucho menos para sacarlos de las monjas. Quedó en el lado de sus parientes, escuchando sus voces, obedeciéndolas a ellas y a su sangre. Murió cuando le terminaron de comer las tripas los gusanos de los deseos mal cumplidos. Años después la nena también tuvo unos hijos que tampoco tuvieron padre o que sí, pero que lo fue insuficiente. Digna hija de su madre, también quedó sin saber lo que es el amor de un hombre. Cuando se casó no pudo preverlo, se le fue de las manos. Seis, seis hijos tuvieron y a todos quiso y cuidó como había que hacerlo. El padre no, porque no sabía y punto, no le habían educado para dar, ni para proteger, ni para entender, ni para mirar y ver, oír y escuchar, tocar y amar. No le corría por las venas, no estaba en él. Sencillamente no sabía, también estaba al otro lado. Por nada en realidad, si bien se mira. Porque tenía que ser así. Conforme fueron creciendo, las seis criaturas hijas de su madre y nietas de su abuela fueron emparejándose. Algunas de ellas de alguna manera se equivocaron, vieron claro el error mirando con la sangre y se separaron dejando a sus parejas al otro lado, su lado natural, para acabar viviendo sin el amor de un hombre y sobreviviendo a solas con sus hijos. Llenando el cielo de líneas horizontales que frenan la lluvia sólo para ellos. Porque tiene que ser así. Otros revelaron que el ADN es la molécula de la herencia, que ella sola contiene la información que nos hace ser como somos. Así de altos, así de rubios, así de cabezotas, así. Que los genes son fragmentos de ADN que conforman el genotipo, responsable del fenotipo, es decir, del conjunto de caracteres que un organismo manifiesta y baraja. Que se sobra y se basta para transportar datos durante generaciones enteras, perfilándonos y en algunos casos hasta empujándonos, convirtiendo el devenir de las personas en algo más que un simple capricho genético. Domingo, 15 de Noviembre de 2009 12:05. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar. Yo, la de arribaYa había pasado por allí otras veces, pero esta vez no pude resistirme y toqué el timbre: 4ºD. ¿Quién es?, dijo mi voz al otro lado del interfono unos segundos después. No me sorprendió escucharme. ¿Quién?, repetí. ¿Quién es, mamá?, dijo P. por detrás. Y yo la de abajo me quedé mirando el botón y leyendo mi nombre, detenidamente, mientras la de arriba colgaba el auricular.
Domingo, 15 de Noviembre de 2009 11:58. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar. Futuribles
Esta noche parapo (su casa: Ostinato Rigore) me ha dado una frase con la que iniciar un relato.Él también lo ha escrito —a contrarreloj y mucho más rápidamente que yo—, ve y léelo.
Toda su vida había pensado que lo mejor estaba por llegar. Ojo, tampoco tenía el listón demasiado alto. Cualquiera que lo viera allí sentado hubiese pensado que había caído al sillón desde un balcón, cataplof, porque la espalda la apoyaba por completo en el asiento, y resoplaba con las piernas abiertas, sudando como un pollo y desgreñado de arriba abajo. Ocupado en darse qué pensar y cayéndosele la vida entre los dedos, comparaba su trayectoria con una espiral de pasta. Porque a su mente de dos por dos son cuatro le cuadraba. Porque cada giro era su particular vuelta de tuerca, y porque por las curvas cerradas —la muerte de sus padres, el cierre de la empresa familiar, el corte del suministro de luz, del de agua, el gas— subía deslizándose instalado en la certeza, imperturbable, de que lo mejor estaba por llegar.
Pero el mes de agosto le pesaba en los hombros y el calor que le asfixiaba sólo lo rebajaba la colcha de raso de su madre. Así que del sofá pasaba a la cama, ponía los pies en los almohadones y se quedaba mirando al techo dejando que la mínima corriente que unía la ventana de su dormitorio y el cuarto de baño se le deslizara por encima. Quieto, pero insistente visionario, concluía que más que una espiral de pasta lo suyo había sido un auténtico espaguetti, que había que ver lo poco que se había salido de la norma. Tan lineal y tan soso. Hacer, había hecho lo mismo que todos los amigos de su edad, sin excepción, y bueno, si era verdad que una recta era una línea que unía dos puntos, él tendía hacia ese punto resuelta e inevitablemente, y claro que sí, lo mejor estaba por llegar.
Entonces la noche llegaba y ponía un pie de hierro sobre su frágil convicción. A sus sueños se había agarrado la tarde que se perdió con su hermana por el monte y caminaba con ella dando vueltas y más vueltas por los mismos sitios, repitiéndole que no se preocupara, que él la llevaría a casa, que aquello era sólo un paseo y que lo mejor estaba por llegar, hasta que la cría cayó rendida por el frío y él no supo qué hacer de ella ni de nada, despertándose sollozando después de ver los ojos de su madre, más rojos que dos pimientos, cerrarse llenos de lágrimas diluyéndose de a poco. De inmediato, abría los suyos y se le ponía un miedo a perderse y a estropear no sabía qué cosa en el pecho que lo único que le permitía era caminar, ya de día, hasta el sofá, calculando el número de losas que había desde su cama hasta él, y que invariablemente, sumaban setenta y tres. Ya era casualidad. El mismo número de macarrones que trae una bolsa de cuarto. El sillón moradoPreocupado por el poco uso, el sillón morado había desarrollado la habilidad de perseguir a los dueños donde quiera que ellos fueran. Si les veía arrimarse a la librería y extraer de ella algún volumen con la intención de sentarse a leer, el sillón cambiaba mansamente de lugar, caminando de puntillas sobre los tacos de madera y se iba poniendo a tiro, a tiro, hasta que se llevaba una patada. Normalmente tropezaban con él. Entonces la señora de la casa lo tomaba de los brazos y lo volvía a poner, como si tal cosa, al pie del ventanal de la biblioteca y junto a la lámpara de pie. Después miraba con el rabillo del ojo los telones, le miraba a él y hacía un mohín de desaprobación. Siempre igual. La dueña del sillón morado, multípara, lucía un tripón suspenso de dos palmos de alto por uno de fondo; vacío. Alta, rubia canosa y prematuramente marchita estaba por cumplir los cincuenta. Vestía batas camiseras de andar por casa que adquiría en los mercadillos de los jueves, llevándose dos y pagando sólo una. Era una señora práctica. También llevaba un trapito del polvo en los bolsillos para, por ejemplo, limpiar el hueco del libro que extraía de su biblioteca y ya que estaba allí, los lomos de los que estaban pegados a su derecha y a su izquierda. Aquellos sus dominios estaban en perfecto estado de revista, no había fleco alguno, salvo el sillón morado que era una probada rémora y no casaba con la decoración, además de ser demasiado grande y pesado. Vamos, inútil. El dueño del sillón morado era entusiasta de la ebanistería y la marquetería. Las contraventanas, el mobiliario de la casa, de la cocina y hasta las tumbonas de la umbría eran obra suya. Silente y más disciplinado desde la jubilación, -como en su propia casa ya desistió de embutir más labores, pero le era insostenible dejar de producirlas- de sus manos iban naciendo regalos para su ralea y amistades de más friega. Que si una pareja de sillas, que si una mesilla auxiliar, que si un anaquel. Tenía cerca de setenta años y era un señor alto con pinta de airoso, aunque caminaba algo encorvado llevando -con una variación de centímetros dependiendo de la estación del año- los pantalones demasiado arriba y los calcetines demasiado abajo. Algo descuidado. En casa de los amos del sillón morado no había habido niños. Los que había parido la dueña habían nacido muertos por incompatibilidad de la sangre. En total seis. El sillón morado fue un obsequio que el flamante padre de familia le hizo a su esposa, y su entrega se convirtió en todo un evento para los trabajadores de la fábrica que ese día disfrutaron de una jornada libre. Aquel día comieron en la playa para celebrar el esperado primer embarazo. Para los siguientes, por aprensión, no hubo celebración ni toma de regalos. Sus familiares no suelen recordar este particular y sólo pueden intuir algo de este padecimiento cuando les visitan un domingo o algún santo y las sobrinas les llenan la casa con sus hijos paridos y vivos. La dueña del sillón morado se pone en la puerta para verlos entrar a los unos y a los otros, tan saludables, y todos le quitan importancia a sus sollozos cuando ella les da la bienvenida riendo y llorando. Abuela por un día, coge un libro de cuentos de la biblioteca y se olvida de pasarle el trapo, busca el ventanal para sentarse con algún crío sobre el tripón encontrando el sillón en su sitio, mientras su marido corre al taller a traer para los mayores avionetas de contrachapado. Después, cuando todos se retiran y el salón queda finalmente en silencio, el sillón morado tiene costumbre de encaramarse a la ventana para ver a los niños marchar y compararse con el color de las cortinas, apurándose una barbaridad y pensando en si les dará tiempo a regresar antes de la inminente, seguro seguro, llegada del tapicero. Tío Pedro, vestido de domingo![]() La puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. La gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, no sabía. Se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Cuanta más caja se hacía, más se sacudían; el negocio producía este efecto en sus clientes, en los viandantes y peatones que circulaban de forma casual por la manzana y que también aceleraban el paso conforme se incrementaba el número de consumidores satisfechos. Clink, clink, ¡cash! Entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, a tío Pedro, vestido de domingo, le pertenecía una de esas manos y a paso ilusionado salvaba la distancia de punta a punta. Tío Pedro era un señor bajito, de pelo negro y bigote insuficiente. No se podía decir de la pelusa que llevaba bajo la nariz que tuviera tal abundancia como para llamarse bigote, pero claro, qué remedio, de algún modo había que llamarle. Él se lo rasuraba manualmente con la cuchilla de pelar, y en esa milimétrica tarea invertía las mañanas de su jubilación. Ya por la tarde se dedicaba a pasear con su esposa Agonías, mi tía Agonías que en paz descanse, y juntos hacían siempre el mismo recorrido, sin salirse ni una losa, desde la puerta de su casa hasta el templete del parque, ida y vuelta. Dos veces. Uno podía llegar a cuestionarse por qué no iban más lejos en lugar de caminar dos veces hasta el mismo punto, pero no se podía esperar de esa pregunta una respuesta satisfactoria. Ellos salían más a lucirse que a otra cosa, y por lo tanto, hacerlo por el centro de la ciudad paseando del brazo a la vista de todos sus conocidos, tenía mucho más valor, donde iba a parar, que llegar más lejos, que total para qué, si a mitad de camino le podía dar una rampa a tía Agonías e igual tenían que volverse fastidiados, vaya usted a saber si desde la otra punta de la ciudad. Natural. El caso es que a pesar de la vida que llevaban, tan tranquila, o precisamente por eso, tía Agonías se murió de repente. Una mañana de primavera mientras tío Pedro estaba en el baño dándole y dándole al peine y a la cuchilla, ella decidió sentarse en el balcón a tomar un baño de sol mientras le subía la presión a la exprés y así fue como la encontró cuando a eso de la una salió desmayadito de hambre para preguntarle por la comida. Con la cabeza echada hacia detrás y la boca abierta, como dormida. Tío Pedro, espantado, se echó sobre su regazo para no verla muerta. La vida no iba a ser nada fácil a partir de entonces, no, no, de eso se dio cuenta enseguida. Hasta ese día tía Agonías se había ocupado de todo, y él, tras dejarles la tienda a los niños, a lo único que le había sacado punta era a su bigote. Lloró. Al principio porque se le cayeron las lágrimas solitas, sin brío, involuntarias, por haber pensado en sí mismo antes que en ella. Después porque olió a quemado en la cocina, y se incorporó y corrió a apagar la hornilla y haciéndolo, ahí sí, lloró con mucho dolor porque ella no hubiera querido que se le pegara la olla. Ay, la pena de tío Pedro caía sobre la tapa inflamada y se evaporaba casi al instante, ssshhhh, ssshhhh. Ssshhhhh. Al tío Pedro después del entierro le sobraba gran parte del día y apenas sí se las apañaba solo. El pelo, o la pelusa, o lo que quiera que fuera que le crecía sobre los labios, seguía saliéndole ajeno a cualquier ruptura y provocaba, ya con mucha pereza y muy de mala gana, que el hombre siguiera pasándose la mañana asomado al lavabo girando la cabeza a ambos lados una vez y otra, retocándose. Por la tarde se vestía y se sentaba en el sofá, en la punta, balanceándose hacia delante y hacia detrás, sin atreverse a salir para finalmente soltarse el nudo de la corbata y pasar al dormitorio con la cabeza gacha, farfullando contra sí mismo. Para cuando se quería dar cuenta se hacía de noche, y como ya era tan normal se la pasaba mirando hacia la ventana, echándose cuentas y pensando en lo triste que sería caminar por el centro, pasando por delante de todos sus conocidos, solo, cuatro veces por las mismas losas o si no, nada, que también tenía su aquel, y que él para qué iba a hacerlo, que qué necesidad había de pasar por ese trago si total aquí en la casa tenía de todo y para qué darle más vueltas. Natural. Pero una madrugada saltó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa. Bailándole los pies se acercó al armario ropero y vistió su mejor traje. Después salió por la puerta de casa en dirección al centro, canturreando y sintiendo gran alivio, caminando ligero. Ilusionado. Como ya se dijo, la puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. Ya se vio que la gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, sin saber. Que se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Y que entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, esa mañana tío Pedro y tía Angustia se encontraron nuevamente y se abrazaron, él la besó, ella se dejó besar y juntos del brazo cogieron la avenida Reina Victoria, por sus losas de siempre, mientras él le aclaraba que la olla, no había que preocuparse, la había dejado en remojo, y que había que ver qué montón de gente, que claro, siendo rebajas, pero que ya no respetaban la derecha, que vaya maneras y que menos mal que ellos no tenían prisa para volverse. Natural. ÑoñoHe llegado a un punto en mi vida en que es urgente que me quieran, me urge sentir la presión de otro cuerpo junto el mío cuando despierto en la noche y no sé hacia qué lado de la cama girarme. Una pierna, un codo, no sé. Soy muy vulnerable y creo que todos lo han sabido, demasiado dócil, demasiado ingenua, demasiado estúpida. He dejado marchar a muchos otros con la satisfacción en sus rostros, aprovechados y encantados, y estoy acostumbrada a perderles aún cuando más alta me sintiera sobre la ola. Es habitual verles alejarse, envueltos en su espectacular aplomo, para no volver jamás. Agorera e intuitiva, creo que todo volverá a repetirse y dudo hasta de mi propia suerte. Le miro y estoy segura que se irá, que se llevará el caudal definitivo ahora que los demás se llevaron la mayor parte. Y me da mucho miedo que se vaya, me da pánico que desaparezca, porque... porque le necesito. Le necesito más de lo que puedo permitirme. Más de lo que él mismo podrá permitirse cuando quiera marcharse. Es por eso que esta misma noche le dirás que me he marchado y que todo, todo era mentira. Le dirás que terminé aburrida de tanta demostración de amor y que nada podrá hacer para encontrarme. Le dirás, óyeme bien, que no puedo quererle porque no sé, que me acostumbré a tomar cuanto quería, y de él, ya tengo suficiente. Dile, amigo mío, que no merece una explicación porque su amor barato no llegó a impresionarme nunca y dile, dile.... dile que me olvide. Dile que fue muy poca su luz para esta polilla, y que nada puede hacer por remediarlo. Anda, ve. Yo me voy a quedar aquí un rato, a oscuras, hasta que acostumbre mis ojos a esta oscuridad y consiga moverme sin tropezar con los muebles; hasta que me haga a vivir sin luz. Érase una vez el polvo enamoradoNadie (salvo nosotros) sabe lo hermoso que es corretear con un remolino a pie de tierra mezclando nuestro amor con las hojas desmayadas que ruedan a lo loco, en los límites de la realidad. No sé, creo que incluso nos envidian nuestros parientes, ya no nos invitan a los ágapes familiares y se quedan tan panchos cuando dicen que ponemos perdida la mesa; no comprenden que en alguna parte hemos de posarnos y que aquello del pavo fue un accidente. A nosotros estas cosas ni nos van ni nos vienen. Nosotros a lo nuestro, al amor puro. Al amor volátil, etéreo, ágil, dinámico. Nosotros tenemos casa en el viento, en la cresta de la ola, en el rocío que cubre la hoja. En la cultura de un beso. Así es. Nos combinamos y quintaesenciamos como siempre soñaron los amantes, fundimos un cuerpo con otro y si nos ponemos en fila, llegamos al Sol. Somos múltiples y somos uno sólo, somos polvo, polvo enamorado. Por necesidades del servicio![]() Con la ceguera del deseo desperezándose bajo las sábanas, y la memoria de unas manos que inventan a diario su infinito entre mis piernas, despierto sobre la cama, sola y relamiéndome como una fiera. Después le oigo acercarse, puntual, desde la ceniza y el olvido a los pies de este mundo en el que entra descalzo encontrándome como quiere, medio desnuda, echada sobre su recuerdo o revolcada de ojos cerrados en un beso inerte, acariciándome. Firme, sube por mi espalda como una serpiente haciendo que sucumba al paso de su lengua, de sus dedos, del calor de su vientre, del tempo con que me atraviesa mientras susurra obscenidades en mi oído que apenas entiendo. Cuanto tiempo tenemos, le pregunto cuando abre mi boca y moja sus dedos vadeando mi pecho desnudo hasta los muslos abiertos. Y él, que es llama voraz, agitándose y bañado en sudores me habla excitándose, apartando mi dedo y tomando mi sexo con ansiedad. Rápido, ya tendría que estar fuera. Con palabras que se le escapan entre los dientes mientras se me viene encima convulsionándose, montando caliente, apagándose en gritos contra mi pelo que son apenas un hilo cuando ya cede y se deja caer de costado, rendido, para acabar las más de las veces metido entre mis piernas, haciendo que me arquee disciplinada y me venga de agua, bebiendo de la fuente hasta saciarse batiendo la lengua como un loco. Al despedirse me mira desde el marco de la puerta, se pone un dedo sobre los labios, shhhh, a las once reunión, y entonces yo tomo una fruta de la cesta, le doy dos bocados y me duermo, mecida en el sabor de sus besos y adivinando la salida del sol al otro lado de las cortinas color miel. Escuchando la voz de mi marido y la suya, hablándose. Las zapatillas de pasar por encima de las cosasCuando compré estas zapatillas “de pasar por encima de las cosas” no pensé que tuvieran un efecto tan portentoso. Me las puse en cuanto llegué a casa y ahora que me las quiero quitar, no puedo. Desde que empecé a llevarlas, pueden creerme, no consigo vivir plenamente, paso por encima de mi vida rozando la superficie. En el trabajo comencé firmando documentos a velocidades de vértigo y nada ni nadie azotaba mi paz interior. Era prodigioso, dormía por las noches a pierna suelta porque no había quien me quitara el sueño, nada penetraba lo suficientemente hondo en mí y ni los virus parecían sentir interés: tampoco enfermé. Mi vida se volvió tan superficial que hasta el cartero dejaba las cartas de pasada, tirándolas al suelo de mi puerta. El efecto, creciente, debió sobrevenir a todo el que me rodeaba porque mis conocidos giraban la cabeza un instante como queriendo hablarme pero al final me pasaban por alto. Me resultaba extraño. En la panadería me ponían la barra sobre el mostrador y no me reclamaban su importe, y el peluquero paseaba sus tijeras arriba y abajo rodeando mi cabeza sin conseguir cortar ni un sólo pelo. Había quien llamaba y después colgaba, ni yo hacía caso del teléfono ni conseguían mantener el interés por mí el tiempo suficiente como para que yo desistiera de cogerlo. Me salí con la mía. Lo que pasa es que ahora preciso urgentemente que alguien me ayude a quitármelas, encuentro razones para ello, pero no fuerzas. Me pierdo infinidad de momentos que recuerdo con añoranza: los amaneceres, los largos paseos, los deliciosos platos que comía con deleite y que ya no me importan un comino... Esta mañana he vuelto a la zapatería pero el vendedor no me hace caso, no consigo detener su atención para pedirle ayuda y quedo en el rincón de la zapatería, llorando ligeramente, como todo lo que hago. Entonces paro, temo que si me abandono a llorar termine asfixiándome de verdad y nadie pueda socorrerme. Estas zapatillas son implacables, intento desprenderme de ellas pero si me agacho les paso por encima y no consigo agarrarlas, estoy pensando que igual va a ser cosa de escribir en alguna pared mi dirección y pedir socorro incluso por la radio, pero mi anuncio ¿pasaría desapercibido? Lo único que me queda es confiar en que el efecto de las zapatillas llegue a su punto álgido donde seguramente esté completamente solo y todo me dé exactamente igual, para después empezar a bajar. Confío que llegue ese momento y mientras las miro. Las odio. Me cortaría los pies ahora mismo y saldría a la calle chillando “¡que estoy aquí!”, plantándome en el centro de la plaza consistorial con mis muñones chorreando sangre a la espera de que todos se echaran sobre mí gritándome:”¡has vuelto!”, pero no me atrevo. Esta angustia me puede, acabará conmigo. Las fotografías de mi casa comienzan a no recordarme a nadie, los recuerdos a desvanecerse y las presencias pasan de rápidas a veloces. No puedo asirme a nada. Me la paso mirando al horizonte empapado hasta las orejas de puro y hastiado aburrimiento vital. He pensado en varias soluciones alternativas, pero como no puedo profundizar en ellas abandono la idea rápidamente. No hay salida. Estas zapatillas ya no me importan nada, ni ellas, ni nada, ni nadie. Gracias a Dios. Ha llegado el peor momento. Lo único que queda es mejorar. Nathional Geographic (introducción animal al porno)![]() Nuestro amor hermafrodita y gasterópodo será envidiado, Ramiro, que te lo digo yo. Dormiremos bajo el arco iris en cualquier hoja de lechuga, refrescando nuestros sudores pasionales con las últimas gotas de la lluvia, después de habernos babeado las caracolas con la más ardiente pasión. Pasearé derramando toneladas de babas que tú besarás a mi paso y nuestros ojitos se entrelazarán en un baile ralentizado que sacudirá de celos todo el reino animal. Nos filmarán en nuestra cítrica casa de verano para el Nathional Geographic y revelaremos nuestro porte por todas las pantallas televisivas del mundo como muestra del grandísimo poder de los instintos. Ay Ramiro, vida mía, me corro sólo de pensarlo. La amante inoportuna![]() -¿Sabes que han pasado casi dos años y todavía siento algo por ti? - Te alejas orgullosa, mírate. Te quiero, ya no lo oirás. ¡Te quiero! Si pudieras siquiera una vez asomarte y ver la cicatriz que has dejado lo comprenderías todo, pero no debes verla, no, debes mantenerte lejos de la herida o la volverás a abrir. Esto es un desastre, no ha resultado nada fácil alejarte de mí, no sabes las noches que hubiera tomado el coche y conducido hacia ti. Cómo he extrañado no encontrar pelos tuyos en mi americana o rastros de tu perfume en cualquier lado. Cómo me ha dolido estar a este lado de ti, de tus cosas, de todo cuanto antes me daba la vida. Sé que te amo, lo sé pero te veo ahí, quieta, queriéndome, como nadie lo hace salvo tú, y quisiera poder abrazarte y decirte que todo está bien y que… quisiera tener libertad para decirte que te necesito, que lloro como un niño frente a tu recuerdo y que tu perturbadora presencia altera cada minuto de mi realidad. Me gustaría poder acercarme a tu oído y susurrarte tonterías de enamorados, me gustaría poder hacerlo sin pesares, buscando en tus reacciones las mías, en tu mirada la mía, en tu alegría, la mía. Correría hacia ti pequeña, porque eres mi debilidad, porque quiero protegerte y llevarte siempre conmigo, porque quiero recostarme en tu vientre y dejar que vuelvas a pasar tus manos por mi cabello, aliviando, mimando, mimosa. Porque visto por tus ojos todo es mucho más fácil y más hermoso, porque chiquilla, tú tienes un don que me equilibra. Y no puedo darte nada de todo eso. Nada. El corazón me lo retuerzo y no me importa. Lo siento. Es por tu bien. A veces no basta con desearlo. La plaza del AlamilloAunque en un principio supuse que sólo me pasaba a mí, con el tiempo he descubierto que mucha gente tararea notas musicales cuando está pensando. En el bar, si te sientas junto a alguien que lee el periódico en la barra, puedes oírlo, es apenas perceptible porque suele hacerse muy bajito, pero se trata una pequeña nota musical mantenida. Está ahí, podéis creerme, y lo está en boca de otras muchas otras personas al mismo tiempo; para comprobarlo sólo hay que ponerse junto al camarero cuando reparte cucharillas sobre los platos. O en la esquina del vendedor de cupones, que es experto tarareador. Cuando uno se pone al corriente de algo así, la vida cambia y lo hace para siempre. Yo, que siento especial debilidad por esta circunstancia en los enamorados, entro en las floristerías y finjo estar esperando turno. Dejo pasar a todos hasta que doy con ese que afinadísimo, espera que le despachen un impresionante ramo y rellena una tarjeta corazón en mano y sonriendo hasta que le dan la cuenta. Pero también me apasionan las personas que estando distraídas, sentados por ahí en cualquier soportal y a lo suyo, entonan ese delicadísimo sonido cuando dejan volar sus pensamientos felices. Incluso otros en la misma sintonía que la mía, suelen acercárseme porque se ve que no lo hago mal del todo. Una tarde congregué a un buen número de escuchantes, cuatro, nada más y nada menos. En definitiva, he comprobado que las personas somos capaces de musicalizar los recuerdos más hermosos de forma que rememorándolos, sonamos y lo hacemos de forma armónica. Es algo descabellado, y comprendo su cara de estupefacción, pero he de advertir que yo ni soy tan cursi como para inventármelo, ni he bebido, y si me atrevo a contároslo es tan sólo para que comprendáis lo que siento cuando visito la Plaza del Alamillo. La Plaza del Alamillo se encuentra en el centro de mi ciudad, y en ella ocurre a diario un hecho insólito que lleva de cabeza a propios y a extraños. Se oye música. Una misteriosa aunque muy agradable música que sube y se eleva rozando las copas de los árboles y el cielo mismo, para volver a bajar envuelta en toda clase de aromas, acariciando con delicadeza. Tibia, fértil. Los investigadores no han podido averiguar a día de hoy qué tipo de melodía es porque depende de la época del año, del número de personas que concurran allí a la misma hora y de una serie de factores adicionales que hacen imposible determinar su procedencia. Nadie. Nadie tiene capacidad ni medios suficientes como para adivinar de dónde sale la música que se oye en la Plaza del Alamillo. La gente acude a ese lugar sólo para sentarse a escucharla. Algunas opiniones apuntan a que quizá se trate del silbido de las corrientes de aire filtradas por los callejones que rodean a la plaza, fenómeno que justificaría con suficiencia las variaciones a las que está sujeta; y otras insinúan que se trata del sonido de las hojas de los árboles y de los adoquines del suelo al ser pisados por los transeúntes, en combinación con el chorro de agua de la fuente. La mayoría dice que debe ser cosa de un bromista, pero aclaran, con una sensibilidad musical extraordinaria. Podría, si quisiera, sacarles de dudas y abrirles los ojos a la verdad, decirles de dónde sale realmente ese sonido. Pero aguardo, y respeto el misterio, y camino durante varias horas a diario sólo para sentarme, en estos tiempos que corren, a escuchar y a empaparme de lo que se escucha, aquí, en la Plaza del Alamillo. La música del corazón. Baño en el OrinocoSe levantó preso de una gran excitación. Apagó la máquina de revelar y entregó los sobres a la encargada del mostrador, recibió su sueldo de viernes y salió del laboratorio fotográfico. Una de sus botas se había agujereado y por ella entraba el agua de la lluvia, empapando su pie en charcos insolentes y aleatorios que siquiera se esforzaba en esquivar. No llevaba paraguas, ni manga larga, hacía frío, pero eso no le devolvió a la realidad; seguía pensando en las vidas que acababa de contemplar, aquellas que le llenaban de placeres ajenos. Llegó a la cancela de su casa y abrió el buzón, nada, no había nada. Tomó el ascensor y tras él, su puerta. La enfermera se cruzó con él en el quicio y se despidió, "adiós, está a punto de acabarse esta cara, ya le dará usted la vuelta cuando eso ocurra". Entró en casa, su esposa le esperaba echada en la cama, medio chalada y con el tocadiscos puesto, escuchando una y mil veces la misma canción. El pasó por el marco de su habitación y levantó una mano como único saludo. Ya habría tiempo para afrontar lo que hubiera que afrontar. Pero no inmediatamente. Se sacó el abrigó, se echó en la cama, cerró los ojos. Escarbó en sus bolsillos y rescató una fotografía que se había apropiado sin permiso. En ella, una hermosa mujer mandaba besos a la cámara, muchos, como loca, mientras la cobriza capa de aguas del Orinoco se secaba sobre su piel. Tomó la fotografía y la estrechó contra su pecho, rodeó el contorno de su cara con los dedos y sonrió esperando respuesta. No la hubo. No supo si la habría algún otro día. El disco acabó su periplo y cerró de un portazo todas las ilusiones. "¡Ven! ¡ponlo de nuevo!¡que me pierdo el baile!". El abrió lentamente el cajón de la mesilla de noche y mientras se tiraba del sueño reconociéndolo imposible, colocó su tesoro junto al casi centenar de fotografías robadas de mujeres que yacían en el fondo del cajón, y que habían sido inmortalizadas mandando besos, mirando a cámara y sencillamente sonriendo con un amor en los ojos absolutamente envidiable. Con final felizLa semana antes de mi matrimonio, siguiendo una tradición que se ha mantenido viva durante muchos años, mi prometido y yo visitamos la casa Tanaka. Es costumbre ir a ver a la señora de la casa y que sea ella quien bendiga la unión. Recibe postrada sobre la cama, inexplicablemente joven y vestida únicamente con un vestido de tafetán rojo. Tiene ciento treinta y dos años. Cuando entramos en la casa, que es atendida por las viudas del pueblo, sentí un escalofrío. Qué frío hacía allí dentro. Aún así, nos impresionó muy gratamente el estado en que encontramos no sólo el mobiliario, si no el ambiente general. Una vieja conocida, la madre de mi amiga Beatriz, con un protocolo que nos resultó chocante, nos condujo a la planta superior donde se encontraba la habitación del ama de la casa. Nos acompañaban otras señoras que no conocía pero que hacían muy bien su papel. Mientras subía los escalones, concurrieron a mi memoria muchas canciones de cuando era niña y tarareé aquella coplilla que cantábamos para jugar a la cuerda, "vestida de rojo su señor espera / dormida y sola a su amor vela", que no me pude sacar de la cabeza hasta que cruzamos el umbral de la puerta. Apreté la mano de mi prometido y nos acercamos a la cama. Doña Beatriz tomó asiento y comenzó a hablar: "Cuentan que un joven llegó a nuestro pueblo hará algo más de cien años. La señora Tanaka y él se conocieron y se enamoraron, sin más. Perdidamente y de una forma especial como nadie había visto jamás, fundidos como los fuegos de artificio y el cielo, como se aman un hombre y una mujer. En los ojos de ambos se leía una felicidad que irradiaba locura. Sonreían por puro placer, por pura inconsciencia. Se amaban locamente, no tenían reparos en demostrarlo. Hacían felices a quienes les veían, contagiaban felicidad, paz, armonía y muchísima dulzura. Durante algunos años vivieron en esta casa, hasta que él la dejó. Y ella, que quedó así, rota, ingrávida y sola, le espera eternamente. Los prometidos que con un pañuelo recogen una de sus lágrimas, glorifican su amor para siempre." Se trataba de una mujer aparentemente de mi edad, y sólo puedo decir que me pareció hermosa. Muy hermosa. Y que sufría mucho, de un modo dulce. Miraba hacia la nada como si viviera en sueños, y deseé que nada malo le estuviera sucediendo. Me dieron ganas de protegerla, de abrazarla, imaginé que podría aquietar su angustia. Se la veía tan triste. Tan triste. Alejándome de toda racionalidad me involucré en la magia y comulgué con el conjunto. Saqué mi pañuelo y secamos una de sus lágrimas. Lágrimas que parecían brotar desde el centro mismo de la tierra, lágrimas que pesaban como demonios, que llegaron a dolerme a mí misma y que no aliviaban el dolor de aquella espera. Las recogí con respeto pero absolutamente trastornada. Cuando salimos de la habitación y pisamos la calle, sentí como si hubiera estado soportando el peso de un saco de arena sobre mis pulmones, miré a mi prometido, me abracé a él con todas mis fuerzas y me sostuvo, en silencio, apretándome de tanto en tanto. Lloré en su pecho de rabia y de pena. Mucho rato. La boda se celebró según lo previsto. Fue preciosa. Me honra decir que todos los que acudieron la recuerdan como una de las más bonitas y sencillas. Pero me costó recuperarme de aquella casa, de aquella historia. El amor y la espera de aquella señora, su inmortalidad, el ardor de sus lágrimas. El shock dio paso a la alucinación, la alucinación a la curiosidad, la curiosidad al Registro Civil, el Registro Civil a datos, los datos completaron la historia, y la historia arrojó la verdad. Conocí el nombre de ambos, los datos de su unión matrimonial, la fecha. Seguí la pista de él, la seguí hasta dar con su nombre en el Registro de la Propiedad de la gran ciudad. En el Registro Civil. Encontré datos de una segunda boda, y di con la reseña de ésta en el periódico local con una fotografía del evento en sus notas de sociedad. Se besaban. Se besaban. Se besaban y ella lloraba. Se besaban y casaban mientras ella lloraba y esperaba vestida de tafetán rojo. Finalmente encontré su esquela. Llevaba cincuenta y seis años muerto. Me parecía necesario regresar a la casa y contárselo a ella. Me parecía justo que dejara de sufrir, necesitaba aliviarla y separarla de aquella angustia. Al fin había descubierto una verdad que la haría descansar en paz. Y pensar que se besaban. Y ella llorando vestida de tafetán rojo. Mi marido decidió acompañarme, juntos le diríamos, aún en sueños, la horrible verdad. Alguien estaba en deuda con ella por las bendiciones que había prodigado hacia nuestro pueblo. Alguien se lo debía. Debían contárselo y quise ser yo quien lo hiciera. Pedí a doña Beatriz que me dejara subir de nuevo a la habitación. Me acerqué decidida, le tomé la mano. Comencé suavemente con la historia pero gradualmente la rabia se fue apoderando de mí y me crecí. Descompuesta le estrechaba la mano mientras con la otra le pasaba por la cara folio tras folio que mi esposo me alcanzaba. Le conté todo, de principio a fin, y sentí un gran alivio al hacerlo. Cuando me volví hacia Doña Beatriz, sonreía, y mientras le ahuecaba los almohadones a la señora Tanaka se volvió y dijo para mi vergüenza: "¿Y tú crees, niña, que con todo eso matarás lo que ella siente?" MatarlaNo, no lo entiendes, lo que quiero es matarla. Me gustaría que nada de esto hubiera sucedido, no lo entenderías. Si alguna vez la recuerdo me duele, y aún así, sonriendo, me abandono en evocar lo que me hizo sentir, seguro como estoy por primera vez en mi vida que no se repetirá. Se clavó dentro, se agarró a las paredes de mi carne y no hay forma humana de sacarla. Me he peleado conmigo mismo, he revuelto cielo, he revuelto tierra, intenté irme lejos, lejos de ella. Pero no puedo. Donde quiera que esté, su voz suena en mi cabeza, su risa, el eco de sus pisadas cuando se acerca; veo su rostro cuando se echa sobre el mío para besarlo, su cabello sobre mi pecho desnudo, sus manos, las mismas que se posaban sobre las mías, a veces manchadas de pintura que ahora veo limpias, sin un ápice de color, vacías, echándola de menos, estirándose y renegándome por su ausencia. Se lo ha llevado todo, amigo, porque todo se lo entregué a ella, aquí no ha dejado más que dolor, locura y limpieza. Todo está en orden desde que se fue. Pero revuelto. Sé lo que me digo. Fíjate, si ahora se apareciera frente a mí, y tendiéndome su mano me la ofreciera para tomarla, tendrían que obligarme para cogerla porque se la maldije en mil ocasiones, y la odio, y no la quiero ver. Aún así, siguiendo el impulso que su piel desata sobre mi voluntad, la estrecharía entre las mías y la besaría porque mis labios no saben hacer otra cosa mas que besarla, besarla sin saber donde está el límite de mis besos, besarla porque así me lo pide con sus ojos que no brillan si no es ante los míos. Ella me enseñó dónde se esconde el placer de un solo beso, sus pausas, su liturgia, su ceremonia. No, no lo entenderías, yo lo que quiero es olvidarla. No sé como hacerte entender que queriéndola como la quiero, no hay persona a quien odie más en este mundo. Porque nada de esto debió comenzar. Todas las noches desde que se fue, me giro en la cama y la busco, pero no la encuentro porque no está allí. Entonces mis manos se pasean sobre las sábanas, tanteando, y yo, con los ojos cerrados, imagino que al siguiente movimiento la voy a tocar, y que estará frente a mí, mirándome fijamente, envuelta en ese halo de ternura y deseo, invitándome a su fiesta. Entonces lloro amargamente porque ni yo mismo consigo engañarme, y acabo abriéndolos para encontrarme con la realidad. Que no está. Que no. No amigo, lo que quiero es quitarme este recuerdo de la cabeza y no odiarla, ni quererla, ni desearla, ni evocarla siquiera. Me gustaría no saber su nombre, ni conocer el perfume que ha impregnado a fuego vivo sobre la almohada y que se resiste a abandonarla, a abandonarme. Pero lo sé, conozco su nombre y la quiero, y abrazo a medianoche la almohada y la estrecho tan fuertemente contra mi cara que a veces creo que moriré si es que me lo propongo, y aguanto un tanto más -enrabietado, ido, maltrecho, embriagado de su perfumada ausencia- e intento acabar con todo. Morir así, con mi cara agarrada a su recuerdo sería justo pago para este dolor. Pero no, no tengo valor para eso porque sé que si sigo respirando, si sigo evocándola y viviendo en su recuerdo, volverá. No puedo hacerle eso, me quiere y volverá porque es mía, así se lo dije: "eres mía". "Mía, mía, mía...". Que es mía, amigo, que lo es desde que la conocí. Mira, paseo por mi casa y los lienzos que dejó colgados se me clavan en lo más profundo, me hieren como espadas queriendo darme muerte; paso de una habitación a otra procurando no mirarlos, intentando huir de su llamada; bien quisiera agarrarlos y tirarlos por la ventana, destrozarlos, romperlos con sus mismos puñales y arrancar de cuajo los colores, las formas, los fondos. Bien quisiera sacarla de mi casa a patadas amigo, pero antes de hacer eso me arrancaría yo mismo el corazón y lo echaría al fuego porque no quiero verlo así: mustio, apagado, susurrándome muy bajo. Me digo a mí mismo que el tiempo curará cuanto ahora duele, me he jurado no volver a decir su nombre. Ana. Ana. Ana... Ay, Ana. Tengo que matarla, amigo, me va la cordura en ello. Llévame lejos amigo porque no consigo alejarla de mis pensamientos, tómame de las manos y llévame a cualquier lugar, no importa dónde, sácame de aquí. Pero tira fuerte porque no quiero irme. Tira con todas tus fuerzas porque te va a costar separarme de ella. Así, así amigo, llévame lejos, vámonos de aquí. ¡Espera! ¡Espera! Una última cosa. He de despedirme, dejar alguna nota, estoy seguro que volverá y cuando lo haga necesitará encontrarme. Dime donde estaré que ella pueda llegar. Dime, amigo, que iremos a un sitio que le será fácil encontrar, dime que no será tan lejos. Dime que volverá, miénteme, tú eres mi amigo. ¿Volverá, verdad? Ana. Ana. Mía. Mía. Mi Ana. FadoSon las cinco de la tarde y vuelven a conectar la música. Los fines de semana y excepcionalmente el primer domingo del mes, ópera. Esta tarde las notas de Puccini llegan a mi de una forma tan pura, que resistiéndome incluso a compartirlo con mis compañeros, he preferido quedarme en la celda en lugar de salir al patio. Disponemos de un altavoz por cada corredor y tengo la inmensa suerte de estar situado frente a uno de ellos -un privilegio más por llevar en esta institución más de veinte años-, como poder traerme la taza de café a mi celda y degustarlo sorbo a sorbo en la intimidad de estas cuatro paredes. Esta mañana se llevaron a Bob y me he quedado solo. Bob era amigo mío. Las amistades que se hacen aquí dentro surgen de forma casual. Un día te sientas en un escalón y alguien se coloca a tu lado, protagonista como tú de una extraña danza de soledad y desesperación. Quizá comentando una pieza de música, maldiciendo al guarda, o clavando la mirada en el suelo uno es capaz de encontrar consuelo a tantos y tan largos días de encierro en la compañía menos esperada. Estos amigos, silenciosos cómplices de una fatalidad, no necesitan de largas charlas ni de confesiones a ras del suelo para necesitarse. La necesidad surge precisamente de lo que no somos capaces de contarnos y viene dada por nuestra condición de malditos. Bob y yo nos conocimos el cuarto sábado de mayo de hace tres años, durante la proyección de un documental sobre la vida y costumbres de una tribu africana, no recuerdo bien cual. Ambos elegimos el banco que había bajo la ventana, y centramos toda nuestra atención en el paso del tren de la costa, que descubrimos solo visible desde ese lugar de la prisión. Pasó dos veces. Una de ida y otra de vuelta, lleno hasta la bandera de despreocupados dispuestos a enfrentarse a un verano asfixiante a la orilla del mar. Nos emocionó ser testigos del presente, del que discurre ahí afuera. El mismo que imaginábamos, el mismo que recordábamos vagamente. El mismo que ya me hace dudar de qué color eran las magnolias que crecían en la puerta de mi casa. Yo no tengo familia. Tuve suerte con Bob, la suya venía a visitarle todas las semanas. Como él les hablaba de mí y de nuestra amistad, algunas de las visitas me las dedicaban a mí en exclusiva. Me traían chucherías y bombones. Me gustan los dulces. Algunas veces Bob me cedía su sobre de azúcar y yo me daba el placer de tomarla doble en el café; hasta que hará unos cuantos meses alguien pensó que tanto dulce no beneficiaba nuestra salud y cambiaron los sobres por pastillas de sacarina. No hubo protestas. Todo se vuelve amargo en este sitio y en lógica progresión, al azúcar tarde o temprano le iba a llegar la hora. Dichosa, maligna graduación que comienza al despertarnos diariamente -cuando la palabra diariamente alcanza su significado más amplio- en un lugar donde no se sueña ni por las noches, ni por el día, y donde nadie tiene nada que comentar salvo la excesiva temperatura de la leche o la falta de jabón en las duchas. Nadie habla de su inocencia, que se da por supuesta, porque molesta. Nadie habla del futuro, porque no existe. Nadie habla del pasado, porque duele demasiado. Nadie habla de sus familiares, porque recordándolos, se añoran, y si se añoran, matan. Nadie habla demasiado. Todos los días son idénticos al anterior. Hasta que alguien se marcha al pabellón de la muerte o hasta que a ti mismo te entregan tu fecha de ejecución. A mi ya me la han entregado en dos ocasiones. Es como una guillotina que ves caer sobre ti tan ralentizada, y después de ella no existe nada ni hay planes que concebir; o como una valla altísima sobre la que no alcanzas a ver más allá, ni te dejan, ni se te ocurre qué podría haber del otro lado. Es el final de todo y el principio de la nada. Es el camino único, el Cielo. No podemos ir al infierno porque no puede existir nada peor que esto y después de la inyección, lo único que puede haber es la Gloria. La mayoría de nosotros deseamos que llegue ese día con ansiedad. Dejar de vivir y despedirnos ya no nos asusta porque aquí está uno ya muy despedido de todo. Ya no le veré más. Tosca suena maravillosamente en esta sobremesa de domingo. Tengo que darme prisa. Pronto dejará de sonar y me he propuesto dejar de pensar en mis necesidades antes del final, debo hacerme rápidamente a la idea que nadie volverá para traerme bombones. Cuando acabe el café saldré y todos seguiremos bailando, pasillo arriba, pasillo abajo, hasta el día de nuestra desaparición. Eppur si muoveEstuvo dos largas horas en el vestidor. Cuando salió llevaba puestas unas zapatillas rojas, sus zapatillas de ballet. Se cogió de la mesa y sin dejar de dudar de sus posibilidades elevó una pierna. Su postura consiguió ser académica. Dinámica, ágil, estilizada. Recobró aquella mirada orgullosa e inmodesta que tanto impresionaba a sus alumnas y finalmente, soltándose de la consola, anduvo de puntillas por toda la habitación. Cuando llegó frente al espejo y queriendo exhibirse dio tres vueltas sobre sí misma. En la primera se mareó ligeramente pero de sus venas resurgieron de inmediato, accionadas por resortes automáticos, las agallas suficientes para continuar el giro sin desfallecer; en la segunda respiraba el aroma del éxito tan fragante como siempre y se atrevió a subir los brazos por encima de su cabeza, desperezándose al baile, desentumeciendo los huesos. Para la tercera rodaba por el suelo. No resultaba fácil reponerse. La lesión física ocasionada por el accidente ya estaba curada, pero lo que le mantenía lejos de los escenarios era el miedo a la enfermedad que se le venía encima. Sus piernas parecían darle la espalda al horror y habían vuelto a la normalidad. Estaban en plena forma, en realidad se habían repuesto milagrosamente, sólo el pánico ataba uno con otro sus pies al suelo. Tras su último reconocimiento médico sintió como su cuerpo iba cogiendo peso -aún sin engordar un solo gramo- volviéndose pesado y torpe. En su imaginación veía sus pies enredados hasta las rodillas por metros y metros de cuerda y alguna noche soñó que los había perdido, despertándose empapada en sudor y buscándolos entre quejidos. Prestaba atención a otras actividades para mantenerse cuerda y lógica, se procuraba numerosos caprichos e imaginaba no necesitar la danza, logrando en escasas ocasiones obtener la certeza de que era cierto y que su tranquilidad estaba asegurada. El resto de las veces rompía a llorar aferrada a su bastón, golpeando el suelo con él haciendo uso de una ira que hasta entonces desconocía. Se apartó de todo el que pretendiera hacerle comprender algo a lo que ella no estaba dispuesta a enfrentarse, y harta de persecuciones y de cientos de intentos infructuosos de salvamento cabal, se refugió en el campo. "(…) Anduve por la finca, está todo como siempre. Se va a cumplir una semana desde mi llegada y las maletas aún no las he desempaquetado, de hecho no sé si llegaré a necesitar algo. He echado de menos el bullicio de la ciudad, pero el aroma de las rosas ha tomado al asalto mi yo civilizado. Sigo sufriendo pesadillas, enviaré un cable a la ciudad mintiendo a mamá para decirle que ya me encuentro mucho mejor. No quiero que venga nadie, eso también lo pondré. No me gusta mentirles ni ocultarles este último y desgraciado parte médico, pero sé que me resultará cargante seguir dando explicaciones. El mal sueño es el menor de mis problemas ahora que soy consciente de cual va a ser mi destino. (…) Hacía mucho tiempo que no podía respirar tan profundamente, me duele. La pureza de este aire es extraordinaria, es espeso, es mojado. Me intoxica sanamente. (...) Los ruidos me acompañan: el chisporroteo de la chimenea, el crujido del colchón de muelles, la cuchara revolviendo el fondo de mi taza de té, el goteo acompasado e incesante del grifo de la manguera que es audible desde todo el jardín, las risas de una pareja que suele venir a escondidas para besarse junto al lago. (…) Me resisto a recordar lo que me llevó a salirme de la carretera, pero aquella secuencia —el doctor entregándome el diagnóstico de mi enfermedad tras una rutinaria revisión médica, mi alocada salida del hospital cruzándome con cientos de rostros de seres sanos y envidiablemente maduros, los nervios con los que conduje por la autopista— me persigue, no puedo liberarme ni sedada. Me he acostumbrado a tomar pastillas para dormir y no es que me dejen descansar mejor, es sólo que apenas doy vueltas en la cama para conciliar el sueño. Es terrible saberse enfermo. A menudo me acuerdo de mis seres queridos. Cuando lo hago los imagino sin mí y su futuro no sufre variación alguna, no les soy imprescindible. He llegado a la conclusión de que no será tan grave.(...)” Cuando el cartero llegó a la hacienda la puerta estaba abierta, tras llamarla por su nombre varias veces entró, la buscó y la encontró muerta en el suelo del baño, agarrada a un frasco de barbitúricos. El funcionario, aterrado, llamó a la policía. Estos a su vez llamaron a sus familiares. Su madre anduvo deambulando por la casa, con los ojos llenos de lágrimas, esperando encontrarla girando en algún rincón, subiendo un pie sobre alguna de las sillas de la cocina o saltándose los últimos escalones. Cuando estaba al pie de la escalera, sobre el recibidor vio el correo y repasó las cartas dándose cuenta mientras lo hacía de lo inútil que suponía esta tarea. Esto sí la hizo llorar. Se le cayeron al suelo. Entre ellas había una con el matasellos de la capital y un tampón de "urgente". Venía del hospital. La destrozó entre sus manos y extrajo su contenido mientras se sentaba en las escaleras. "Diagnóstico erróneo", "nos es grato comunicarle", "esperamos sepa disculparnos", "esclerosis múltiple negativo", "nuestro servicio le hará gratuitamente una nueva revisión médica". Se puso en pie y subió a la habitación de su niña, buscó el neceser y extrajo las viejas zapatillas rojas de ballet, las apretó muy fuerte entre sus manos y se acercó a la cama donde habían dejado el cuerpo sin vida de su hija. Desnudó y besó sus pies, encallecidos y castigados por horas y horas de baile sin descanso. Los vistió de rojo y quedó quieta, quietísima contemplándolos, hasta que una ola de rabia y de celo se apoderó de su respiración y se desmayó. persequor persequi persecutusEn la mitad del océano hay una brújula volteada por la furia de las olas, expuesta a la lluvia y al oleaje, batida por el mar y dando vueltas empujada por el viento. Va y viene. Las olas la rodean, la empujan, sube, baja, se moja, se hunde una y otra vez, arriba, abajo, sin descanso. Negrísimos nubarrones se arremolinan sobre ella. Espesísimas nieblas la envuelven. Vela de noche en el centro de ninguna parte hasta el alba. De día contando eternas las horas bajo el sol. Y sin embargo, inquebrantable, no pierde en ningún momento el Norte. No olvides que por muchos que sean los golpes de mar que la acobarden, la brújula nunca se rendirá. Recuerda que cuando tengas paz en tu privilegiada atalaya, ella seguirá cabalgando la espuma sin tregua hasta tu playa. Y la mirarás. Y sentirás lástima de ti. Frente a ti se mostrará en la cresta de la ola, sufriente, radiante; mientras tú para alcanzarla golpearás inútilmente las rocas de la costa, furioso, iracundo. Y te arrastrarás por la arena extendiendo tus brazos hacia el mar, esperando encontrar entre los guijarros una de sus huellas para adorarla. Vuestras miradas se encontrarán una sola y última vez, y querrá volver de alguna forma a ti, y tú sabrás que podrías tenerla, de alguna forma, en ti. Olvídala, la brújula seguirá señalando inexorablemente al Norte aunque con ello dirija a más de un confiado marinero a donde no haya mar, ni Polo. Aunque con ello acabe alejándose del imantado poder que ejerces sobre su aguja, corazón de hierro. Marchará. Micro-sensaciónUna noche de tormenta desperté con el estallido de un trueno. Me revolví en la cama, recuerdo que sudaba y me tapaba los oídos, estaba aterrada. Cuando esto sucede y de forma casi automática suelo girarme y buscar un cuerpo cálido o unos brazos de matrimonio que calmen mi angustia. No había. Tanteaba a ciegas el otro lado y no encontraba rastro de aquella humanidad tranquilizadora, promesa de caricias y quietud, que aquietaba mis noches agitadas. Los relámpagos incendiaban la habitación y con cada restallido mi respiración se volvía más y más trabajosa. Creí escuchar un sonido desde el estudio, afiné el oído y me concentré en la música. Las notas de Hacia la llama cimbreaban hasta mis oídos con claridad. Dejé que la melodía se colara por las rendijas -mínimas- que mi perfil dibujaba bajo las sábanas. Me sumí en las decenas de pequeñas eclosiones que rozaban mi piel y en el dulce perfume de su espalda cuando se sienta al piano. Mecida en su presencia volví a quedarme dormida. Me acurruqué plácidamente entre los almohadones mientras la tormenta seguía cayendo, con toda brutalidad, en el exterior de mi casa. Del cielo llueven los clavosLe voy a decir la verdad, mi esposo es un bendito. No he conocido otro como él, las cosas como son. Durante nuestro matrimonio siempre ha tenido detalles de santo varón: nunca ha renegado si se ha tenido que preparar él mismo algo que echarse a la boca, gustaba mucho de regalarme trapitos, supervisaba los escotes y los largos de mis trajes de pista y me sacaba a pasear con aquella mirada de fiero orgullo cogiéndome fuerte de la cintura. Las noches de jaqueca me perdonaba su desahogo, y cuando me ponía la mano encima ¡no era de capricho, no!, sino porque me lo buscaba. Que yo era consciente de todo eso, no se vaya usted a creer, y se lo agradecía como bien podía. Una gloria de persona, me cuidaba y se ocupaba de mí, no como ahora, que ya ve, en la cárcel que lo tengo. Cada año por mi cumpleaños me regalaba un juego de dagas —de estreno, ¿eh?— con nuestras iniciales labradas. Para un número como el nuestro hacía falta tenerse mucha confianza, y quererse mucho y bien. El día que amanecíamos torcidos, malo. Que menudo nudo se me ponía cuando el jefe de pista levantaba la mano y aparecíamos tras los telones, sonriendo hasta el cogote, con esos trajes de museo que tejía para nosotros doña Charro, paz que descanse, y el muy cabrón tenía que lanzarme los cuchillos entre el griterío del respetable. Eso había que pasarlo. Que yo siempre sabía cuando venía atravesado y hubiera querido desviarse y clavarme alguno en todos los centros, porque lo podía leer en sus ojos. Si estaba jodido se le arrugaba un poco el labio superior, así, ¿ve? Temblándole y como de lado, y le brillaba extrañamente la mirada, tal cual estuviera lejos y se me quisiera echar encima aullando. Daba un miedo que pa qué, y más de una vez se me mojaron las bragas de puro susto. Entre la música y las ovaciones era imposible enterarse, nadie se daba cuenta, sólo yo, que después tenía que frotar y quitar las manchas de la tabla porque allí mismo era donde le servía la comida. Teníamos un amigo practicante. A ése le gustaba ver el espectáculo y se sentaba en primera fila, frente a mí, de forma que tras el rostro de mi esposo lo primero que veía era el suyo. Cuando un cuchillo erraba, él sabía por mis gestos que debía esperarme en la caravana con la bolsa de primeros auxilios abierta de par en par. Yo acababa sonriente mi número y me retiraba cubriéndome con la capa. Hay que ver qué jodido es este oficio, cojones. Mi marido siempre le tuvo celos porque yo no tenía ningún pudor con él, y para hacer honor a la verdad, no fueron pocas las veces en que pudiendo aprovecharse de mí, no lo hizo. Se trataba de alguien legal, usted ya me entiende. La primera vez que mi esposo me hirió en la entrepierna, cerca de… bueno, de ahí, obró con tanta rapidez que no me dio tiempo a prepararme para enseñarle mi cosa a otro. Pero es que con él era diferente, no era como mi marido, era de otra manera, era… era poco macho. No le gustaba ni la cerveza ni el tabaco, algunas veces le vi hojeando libros con pinturas como las de los museos, con señoras desnudas. En esa época pensé que era un pervertido y le cogí repelús. Con el tiempo me di cuenta que el pobre no daba más de sí, y aprendí a aguantar su mirada mientras me volvía para vestirme después de cada cura, con ojos de cordero, a veces incluso suspirando. Era muy poco hombre. Mi esposo siempre se quedaba fuera mientras me curaba, pero una vez entró a trompicones en la habitación y lo echó casi a patadas. Estuvieron tiempo sin hablarse por aquello, pero como el practicante tenía muy poco fuste, al cabo del tiempo volvía con el rabo entre las piernas y para entonces mi marido ya ni se acordaba de lo que les había enemistado. Le digo que su corazón no le cabe en el pecho. Aquélla vez atrancó la puerta, sacó uno de los cuchillos de su bota y me echó encima del tocador. Me lo puso en el cuello y se bajó los pantalones. Tenía los dientes apretados y venía furioso, me rompió las medias y separó mis piernas. Como un animal se subió sobre mí y puso sus dientes contra los míos, mascullando palabras: “mía”, la que más, y estuvo por lo menos una hora y pico haciéndomelo sobre el tocador; mucho rato, ¿eh? Ya no quedan hombres así. Me hacía sentir muy mujer el cabrito. Después se iba a la pista y se hinchaba a tirar cuchillos, no tenía hartura. Cuando creía que me había dormido se metía en la cama y se acurrucaba a mi lado mientras seguía susurrándome lo suya que era. A veces me hacía la dormida, y otras me volvía y me dejaba manosear un rato. Nunca supe decirle que no a nada, y además lo que pedía era tan poco en comparación con lo mucho que él me quería, que a mí se me hacía muy cuesta arriba negarle lo que fuera. No había conocido otra vida ni pariente alguno. Apareció un día en las escaleras de la caravana de las chicas del coro y se crió en el circo, ayudando a unos y a otros, soportando casi el mismo trato que los animales y durmiendo con ellos durante años, hasta que a mí y a la casualidad se nos ocurrió asomarnos a la tapia del circo, camino del colegio, y le vi trajinando maromas con aquella fortaleza con la que lo resolvía todo. Mi padre puso el grito en el cielo. Él me miró de arriba abajo, silbó y fíjese, nos presentamos como pareja artística y debutamos con cuchillos el mismo día de nuestra boda, dos semanas después. Pero el practicante es que era otra cosa, me regalaba libros con ilustraciones y me explicaba lo que veía en ellas. Eso fue en la época en la que se empecinó en enseñarme a leer. Pasaba mucho tiempo a mi lado. Yo estas cosas se las ocultaba a mi marido porque cada vez que le sacaba el tema me sacudía una paliza que me partía el espinazo. Hasta que un día sucedió lo inevitable. Cinco minutos antes de salir a pista yo todavía estaba a medio arreglar. Esto no había pasado nunca. Cuando mi esposo se acercó al camerino, me encontró hojeando un libro sobre África. Ya ves tú, el pobre, fíjese usted qué disgusto no se llevaría. El rato que pasé mientras me ataba las manos a la plataforma. No podía apartar la vista de aquel morro arrugado que me arrebataba la respiración. Me estampó dos cuchilladas en el pecho que lo llevaron derechito a la cárcel. Al poco de salir del hospital el practicante vino a visitarme, vestido de domingo, con un ramo de flores. Que pinta traía. Se sentó a los pies de mi cama y no dejaba de sonreír tocándose algo que llevaba en el bolsillo, vaya usted a saber qué, y mirándome con cara de memo. No recuerdo las palabras exactas pero en cuatro o cinco le dije que no quería volver a verle, que mientras estuviera mi esposo ingresado en prisión no seguiríamos con las clases. No dijo ni pío, se le puso color de acelga —ya le dije que siempre me pareció muy poca cosa—, y desde que salió por la puerta, no he vuelto a verle. La recuperación me está costando Dios y ayuda, pero voy saliendo. Si ya lo decía mi madre, que Dios no te mande, hija, todo lo que puedas soportar. Claro que ahora que faltan menos de cuatro años para que mi marido salga a la calle no puedo quejarme. Ya le tengo preparado un juego de cuchillos con nuestras iniciales para celebrar su salida, y grabé en todos: “tuya”. Porque su felicidad es la mía. Porque todo cuanto soy es gracias a él. Porque se lo debo todo. Carmín de garanza y lengua de gatoAndaba distraída por la calle pensando en mis cosas, cuando una brisa alzó las hojas del suelo. Me embelesé mirando las formas en que giraban dentro de aquel poco predecible remolino, y comprobé al bajar la vista que el mundo parecía haberse paralizado. Las gentes permanecían estáticas unas frente a otras detenidas en plena conversación. Los pájaros se sostenían en el aire y los coches, las motos y las bicicletas se mantenían quietos y equilibrados bajo los inertes cuerpos de sus conductores. Hice un intento de moverme, y sí, podía, levanté una de mis manos y en ella había una paleta de pintor colmada de colores al óleo: amarillo Nápoles, rojo cadmio oscuro, verde vejiga, carmín de garanza claro y oscuro, negro marfil, bermellón, violeta cobalto, gris frío, sepia. Todos parecían saltar de donde estaban y elevándose sobre la madera describían picos, puntas, curvas. Estaban perturbados. La otra mano se abrió paso hasta mis ojos y descubrí en ella un pincel. De esos con punta de lengua de gato. Insistía tercamente en echarse sobre los colores y acabó impregnándose de cuantas nuevas mezclas creó con sus giros y locas acrobacias. Miré a mi alrededor, debía ser la única persona móvil de todo el paisaje y era el pincel quien guiaba mis torpes pasos. En primer lugar me llevó hasta la puerta de un restaurante donde enzarzados en una pelea, discutían dos maleantes. Uno de ellos levantaba algo contundente con lo que abrir la cabeza de su discutidor contrincante. La brocha se abalanzó sobre la escena, e hizo desaparecer el palo dibujando en su lugar una pequeña margarita. Esta acción me dejó boquiabierta, aquello superaba con creces cualquiera de mis arrebatos imaginativos, pero la cosa no se detuvo ahí. El pincel unió las caras de varias personas que se encontraban hablando dibujando en ellas amor a manos llenas; iluminó pupilas y atiborró las manos de las gentes de flores de vivos colores. Aplicó color y pétalos de rosa al cielo y le dio al sol una hermosa capa nacarada. El pincel corría y yo con él, a una velocidad tal, que me faltaba el aliento y apenas sí podía respirar. Toda una serie de correcciones tuvieron lugar detrás: dibujé un enorme gramófono en el centro de la calle y en él girando mi música favorita. Las copas de los árboles ganaron en altura, las sombras que ofrecían en tibieza, y los pájaros que anidaban en ellos, en número. Al gruñón del panadero le dibujé unos críos haciéndole cosquillas, al niño perdido una mano firme donde agarrarse y tras ella, una madre cálida y de confianza. A los matrimonios que andaban por las calles les volví a juntar de las manos, a sus hijos les borré las maquinicas de juegos y en su lugar puse libros de aventuras. A las más presumidas les desdibujé los vestidos y las dejé en ropa interior, y a las más feas las vestí con hermosos diseños que creé sobre la marcha. Al calvo, le dibujé una mata espectacular de pelo. Añadí más color a las ropas y a las caras de todo el mundo. Brillos y más brillos plateados, todos los que quise. Al final, acerqué la paleta a mis labios y soplé muy fuerte, el resto de colores quedó delicadamente suspendido en el aire y cayó despacito sobre todas las cosas. La tabla desapareció de mis manos y también el pincel, me senté a esperar en uno de los bancos de la calle segura como estaba que si aquello se trataba de un proceso formal, debía haber terminado y al cabo de unos minutos, la suave brisa que se había apoderado de la calle cesó y todo recobró movimiento. Quedé allí, feliz, observando las caras sorprendidas de quienes se encontraron besándose por sorpresa, la violenta entrega que el maleante hizo de la margarita y que el otro cogió entre risas; la caída de los pétalos de rosa, tan lenta como se pueda imaginar, tan inagotable como fuera posible. Escuché las risas del panadero entre los grititos de los chiquillos, vi la mirada de satisfacción y sorpresa del matrimonio ante aquel gesto inesperado y las exclamaciones de placer de sus hijos embutidos en las hojas de sus libros. Reí a carcajadas al ver entrar al ex-calvo a una tienda y salir de ella con un peine, dándose y dándose pasada tras pasada con él, emocionado. Las caras horrorizadas de las presumidas y las risas de sus vecinos al verlas correr calle abajo medio en cueros; hasta que muerta de sueño me decidí a volver a casa con las manos metidas en mis bolsillos sosteniendo mi único y más fiel amuleto, un tubo de carmín de garanza amarrado con un cordón a un pincel lengua de gato. Mi favorito. Petrossian![]() No debía tener más que media docena de clientes fijos cuando conocí a Miyake. La primera vez que me quedé a solas con él, calculé que esa boca suya había que besarla de por vida, que incluso una eternidad sería insuficiente y que bien valdría empeñar varias en saldar ese deseo. A ello me dediqué. Le besaba a toda hora, como las locas; le hablaba a labio pegado porque no era capaz ni veía el sentido a mantener la distancia. Hasta que empachada de tener que separarme de sus besos, harta de pensar durante todo el día en la hora de su vuelta, me llevé su boca a casa para tenerle a mano y profanar esa bendición cada vez que me viniera en gana. Así fue como descubrí que me equivocaba. Preparaba una cena de encargo y por muchas ganas que tuviera de suspender lo que tenía entre ollas para dedicarle horas enteras al objeto de mi perdición, me puse el delantal y manos a la obra. Sobre la mesa, junto a la coliflor en ramilletes que acababa de cocer para el soufflé, podía vigilarla a la perfección. Si me retiraba un poco, la seguía con el rabillo del ojo. Mientras se derretía la mantequilla la oía saludar al camarero y cuando añadía la harina la oí pedir el cortado. Qué boca. Para cuando mezclé la coliflor con el queso, le añadí las yemas, las claras a punto de nieve y engrasé los ramequines, ya estaba fumándose un pitillo, bien satisfecha. Rellené los moldes y los espolvoreé con más queso. Los metí en el horno y planeé comerme esos labios fascinadores mientras esperaba a que subiera el soufflé. Pero antes de que pudiera cobrarla, cuando ya cerraba mis ojos para hacerla mía y la masa comenzaba a subir alegremente, la boca sonrió y comenzó a besar. A otra. Podía verle hacerlo, tan frágil como parecía, tan lenta y delicadamente como me besaba a mí. Con la misma cadencia, con el mismo deseo, aprisionando otros labios que no eran los míos. En una pausa, incluso se mordió febril el labio inferior, cosa que jamás antes le había visto hacer conmigo. Miré al horno y el soufflé cayó en picado. La sangre brotaba de mis ojos igual que se desparramaba la masa de coliflor por la bandeja del horno, abrasando a su paso, inflamando rabia e ira. En doce minutos, lo que tardó el plato en rendirse a la poderosa fuerza de la gravedad, se amordazaron todos mis sentimientos y rebosaron pierna abajo hasta alcanzar el suelo y su boca, selecta, seguía acompañándome sobre la mesa. Me acerqué a ella y allí estaba, fresca, altiva, pronta a dejarse mimar una y mil veces más. Arrebatada de celos puse aceite en una sartén, freí en ella pimiento rojo, verde, cebolla, calabacín y berenjena. Cuando todo estuvo dorado, añadí los labios carnosos y los dejé cocer unos minutos. Desprendían un jugo y un aroma que no podré olvidar, extraordinarios; un perfume que embriagó mi cocina por completo, que impregnó mis pucheros, que se posó sobre mi piel. Chupándome los labios reconocí su sabor. El confite sabía a sus besos. Comencé a añadir una cucharada de este preparado a todos mis guisos. Esta es, por así decirlo, la pata del banco de toda mi cocina. Desde que hice ese despechado descubrimiento, no he tenido inconveniente en seguir preparándolo con las bocas de mis sucesivos amantes pero al final del día, cuando regreso a casa me encierro en mi dormitorio. Abro el cajón de mi tocador y extraigo un pequeño guardapelo con las iniciales D.M. Lo acaricio durante un buen rato, todo el que puedo aguantar antes de abrirlo y deslizar la yema de mis dedos sobre la crema que contiene, para excitándome, extenderla sobre mis labios, dejando que mi deseo se me escape por la ventana, atravesando las rosas y la verja de mi jardín. Hacia el Sur. Recordar e viver![]() El día de su cumpleaños amaneció claro. Un día excepcional para una cara pantanosa. Se había pasado la noche en vela pensando qué diría a sus familiares cuando, llegada la hora de invitarles a cortar la tarta, su feliz media naranja no estuviera presente. Se devanó los sesos ideando mil excusas, mil ramos diferentes de flores carísimas que haría llegar en el último momento, una llamada automática que haría sonar su teléfono justo antes de soplar para después apagar las velas con el rostro cargado de lágrimas ante sus familiares por la mala noticia de una ausencia justificada. Pero nada le pareció creíble. La farsa tocaba fondo. -¡Sopla! ¡Sopla! Risas generales. El ambiente era el esperado. Había salido al paso de las inquisitivas preguntas de los suyos improvisando con suficiencia. Pero el tiempo pasaba, nada lo detendría e inexorablemente corría en su contra. La cordura en juego, su locura y desesperación al descubierto, su felicidad estoqueada y expulsada para siempre al rincón más oscuro. Ni tan siquiera los regalos conseguían calmar aquella inquietud. El último paquete lo abrió con todos los sentidos pendientes de su ahogo. Dentro había un teléfono móvil. Sonó. Presionó una tecla y una voz masculina hablaba al otro lado de la nada. La voz se comunicaba con total naturalidad, sabía todo de ella, le felicitó por su cumpleaños, le informó de su amor, aseguraba ser un obstinado en su corazón. Sabía todo de ella y se comunicaba sin cuidado, sin temor, conquistándola con su tono adictivo, haciéndola caer en aquel torrente de disculpas por ausencias ya previstas y absolutamente imperdonables. Miró a su alrededor y encontrando caras de estupefacción en los suyos, señaló con naturalidad hacia el teléfono y tapando el auricular, dijo: -Seguramente ahora dirá que no puede venir. Dominada por lo inesperado de la llamada, colgó el teléfono. Despidió a sus parientes entre risas nerviosas y ataques de ansiedad. No era posible que aquello sucediera en realidad. O sí. Creía estar pasando algo por alto, algo importante. Pero no recordaba el qué y pronto dejó de preocuparse por ello. Mientras recogía, analizó con un marcado estilo surrealista su suerte y fueron tan bien recibidas las conclusiones que centró todos sus esfuerzos en creérselas. Se acostó inquieta pero extrañamente feliz. Una mano se deslizó por su pelo, respiraron cerca de su nuca y asustada, creyó morir cuando susurraron en su oído: "te extrañé". Abrió los ojos inmediatamente, reconoció la voz. La misma que la del teléfono. Se giró y encontró sonriendo del otro lado de la cama un ser medio desnudo que la miraba familiarmente cálido. Se hundieron el uno en el otro como lo hace el filo de una espada en una víctima dispuesta. Pronto sonó el despertador. Comprendió que como otras veces, todo había sido un sueño y se levantó de la cama con el pie izquierdo e importándole un pimiento, abandonándose a su ya segura, rubricada y temida, mala suerte. Al pasar por delante del espejo se detuvo, ese no sería un buen día. Se sentía más sola y vieja que nunca. Y rara, muy rara. Volvió a la inquietante certeza de que pasaba por alto algo importantísimo. En la habitación alguien se movía entre las sábanas para, dándose media vuelta, volver a quedarse dormido. A los pies de la cama, una maleta cerrada con un abrigo apoyado sobre ella. En la mesilla de noche, un billete del puente aéreo acompañado de decenas de tarjetas de visita y alguien dormido. Alguien de ida y de vuelta, que nunca está y cuya presencia ya ni es. Alguien de visita desde algún hermoso recuerdo que quizá si su soledad no le hubiera hecho saltar de la cama apresuradamente, habría encontrado a la luz del día y alguien del que quizá hubiera querido despedirse. Dos microrrelatos del té (vale, amorosos y de ausencia, pero "del té")Por las noches la arrebuja entre los brazos, lloriqueando, buscando su vientre. Su niña se echa encima con dependencia, inconsciente, y él se queda mirando, prendiéndose a fuego vivo mientras imagina que sólo es un revoltijo de sábanas con forma de mujer. Pero no, loca preciosa, hasta en sueños le está queriendo, cálida pero temblorosa, oliendo a té de cereza, de vainilla, a ratos de finas hierbas. Perfumando largas noches que él pasa así, poniendo a prueba su amor, el de ella, la osadía de enterarse el primero cuando dejará de amarle y la resistencia del colchón, que parece bueno. En un rincón apartado, acariciaba círculos sobre la mesa y gimoteaba. Echaba mano de bonos atrasados de dignidad pero los párpados se le cerraban sobre lágrimas que rogaba no derramar. En vano, en silencio, en un llanto amargo por una batalla perdida contra sí misma. La última. Una de las voces le devolvió al presente. Se despedía. Los demás también se levantaron y se fueron. Ella miraba el poso de su taza de té adivinando, en plena floritura de un colmo inacabado, el alegre rostro del ausente. Nerviosa y azorada, desplegó una sonrisa atolondrada y le saludó con la mano. ¡Cuánto tiempo! (o improvisación al cibernauta enamoradizo)![]() Fueron pocas risas las compartidas, muy pocas. Y ahora son agua clara de nuevo. Ahora vuelven a correr entre las rocas. Acércame un vesito de agua![]() Cuando la enfermedad se adueñó de ti fue poco a poco separándote de los nuestros. Con la falta que nos has hecho siempre, con lo que yo he vivido de ti. Con lo que te necesito. Qué injusto ver que te apagabas con la dignidad suficiente como para hacernos sentirnos estúpidos por verte tocada de muerte. Te quise más, si eso es posible, por evitar con tu sufrimiento el nuestro, por desterrar de nuestra casa la negrura de tu marcha. Por reírte de tu condena, haciéndome testigo de tus noches de insomnio, de tu dolor silente, de tus largas caminatas nocturnas por la casa. De tu anticipo. Y egoísta, cerré los ojos ante lo inevitable, me aparté de ti para no dejarme perforar, para quedar en lo posible al margen de cuanto pudiera dañarme. Decían los médicos que sólo un milagro podía ya salvarte. Que te hablara. Que te hacía bien. Y ahora, cuando se ha hecho de día y puedo mirarte a la cara, es cuando me parece imposible no haber tenido que pagar precio alguno por recuperarte. Ahora, mi tesoro, te quiero como antes no pude ni supe hacerlo. Ahora regresé, como lo hiciste tú, para no soltarte de la mano. Y ahora, paloma, me parece mentira tenerte frente a mí, ahí, como si no te hubiera pasado nada, que hay que ver qué fortaleza la tuya. "Acércame un vesito de agua", dijiste abriendo la cara a la vida como si tal cosa. Y yo te acerqué un vaso, y mirándome a los ojos, desde lo más profundo de ti, sonreías al pensar que no te había entendido. Como siempre, pensarías. Como siempre. El pollo![]() Siempre deseé tener un animal de compañía. Como no sabía por cual decidirme, me compré un pollo. Cuando le recogí en el mercado era el único que me miraba, el único que permanecía quieto entre el incesante ir y venir de sus congéneres. Creo que hasta se puso de puntillas. Fue amor a primera vista. Le llevé a casa y le fui dando miguitas de pan y queso, leche y galletas, hasta que se ha convertido en un hermoso gallo. Compartimos momentos inolvidables: nos bañamos en mi piscina, salimos juntos a pasear en mi auto; comer, come en mi mesa, y para asearle, lo meto en un barreño y le froto con agua templada. Es un gallo muy listo. Hablaría si supiera, aunque sé qué piensa y cuando al borde del sueño apoya su cabecita en su cojín y me mira, me transmite muchas cosas y me hace sentir muy comprendida. Esta mañana me ha acompañado por primera vez al supermercado y cuando hemos pasado por delante del mostrador de la carnicería, le ha dado un ataque a su pequeño corazón de gallo que le ha dejado en estado catatónico. Prácticamente inservible. Debí elegir un perro. Son más fieles. La tía Inocencia Por Add.,con mi admiración. Navidades del 2.004 De común exasperante, la tía Inocencia sufría del don de la inoportunidad. Nació cuando ya no se esperaban más hijos, creció siendo un puro incordio y cuando eligió fecha para morirse, tampoco le vino bien a nadie. La tía Inocencia, que en paz descanse, era la menor de diez hermanos. Nació un soleadísimo y asfixiante atardecer de agosto, justo cuando su parturienta madre respiraba la última gota de oxígeno de la habitación. A la recién nacida tuvieron que sacarla deprisa y corriendo al balcón del dormitorio para que pudiera respirar a pleno pulmón. Rápido, rápido. Se puso de un morado que no era normal. Bajo la marquesina del dormitorio, la abuela Vicenta pudo adivinarle el color de los ojos. Azules. Como los vasos que el abuelo Paquito había traído de Milán. Pero la maniobra de aproximación al respirable no fue tan rápida como para impedir el estropicio y a la pobre tía Inocencia la echaron de un inmerecido empujón tras la puerta de la cocina, bajo la bolsa del pan, donde pasaría sin pena ni gloria el resto de su infancia devolviendo, idiotizada, las sonrisas que su gran familia le dirigía. Es justo mencionar que aunque fueron otros los culpables de las desdichadas circunstancias que rodearon los primeros minutos de su vida —que habrían de marcar sus capacidades para todos los restos—, a la tía Inocencia nadie le obligaba a permanecer allí. Era ella quien se levantaba y conforme ponía un pie en el suelo, se echaba al cuerpo uno de los vestidos que la abuela Paz le cosía y hala, allí que se metía. Sin nada en las manos. A hacer rulitos con los lazos de la falda, con su pelo, con las cintas de la bolsa del pan, con cualquier cosa que se dejara trajinar y que estuviera a tiro. A la primera que se le ocurría asomar la punta del pie más allá de la puerta que la estaba viendo crecer, hacía tropezar a alguien de la casa. Válgame. Entonces le gritaban y le hacían muchos aspavientos, que había que ver qué oportuna era para salir. La tía Inocencia se mordía el labio inferior, acobardada, retrocedía a sus losas de origen y se columpiaba pie adelante, pie atrás, aguantándose unas ganas terribles de hacerse pis encima hasta que veía que tardaban demasiado en sonreírle consoladoramente y se le escapaba arrollador canilla abajo. Después muy despacito, levantaba sus ojillos azules color vaso-milán y su pariente, a esas alturas arrepentido y con la conciencia cargada, le volvía a sonreír y ella le restablecía la mueca, mojada pero más tranquila, antes de ir al patio y traerse ella misma el mocho. Sellada como lisiada, como todas las de la época era tratada con indiferencia. Vivía en los márgenes del libro donde se escribía la historia de la familia pues en las orillas era donde se ponía. Con dieciocho o diecinueve años se ve que le cogió el aire a eso de convivir con los trajines de sus hermanos y consiguió rondar por la casa pasando pegadita a la pared. Siempre retorciéndose un pico del vestido, o las manos, o palpándose en la entrepierna. A fuerza de no tener nada mejor entre los dedos empezó a echarse mano. Al principio que se tocara mientras se asomaba por las habitaciones no tuvo la mayor importancia, pero a la tía Inocencia le dio por detenerse y manosearse hasta caérsele un poco la baba y ponérsele los ojos en blanco, y a su familia le comenzó a intimidar su presencia. Rápidamente se levantaban, cerraban la puerta, dejaban pasar un rato. Pero estas actitudes volvía a reproducirlas cuando había visita; y cuando se dejaban el portón abierto, en el postigo de la calle; y en cuanto se descuidaban, frente a alguna ventana abierta de par en par. Cuando acababa, el angelito sonreía buscando la complicidad de los suyos y no atinaba. La tía Inocencia padecía. Padecía mucho. Ya no sabía si cuando se le quedaban en jarras frente a ella, tan serios, debía mearse encima, o sonreír, o tocarse, o no, o alejarse pegadita a la pared, o volverse tras la puerta de la cocina, o columpiarse adelante y atrás o si todo lo contrario, quedarse quieta y dirigir sus ojitos azul-milán hacia quienes la miraban de esa forma a ver si le daban la de siempre, gritos y aspavientos. Al final sus brazos decidían por ella y comenzaban a golpearla en la cabeza. Con fuerza. Y cuando se le cansaban, su cara se le iba contra la pared. Padecía muchísimo mi tía. La encerraron en el cuarto del fondo desde donde apenas sí se le oía gemir. Forraron las paredes con espuma. La ventana daba al monte. Con el tiempo, lo que tenía terminó degenerando de tal modo, que sus gritos y sus gemidos se oían hasta por las noches y los vecinos se quejaron a las autoridades que dieron una fecha tope para sacarla del inmueble. Una tarde de agosto, con una ola de calor espantosa golpeando las ventanas, los del hospital psiquiátrico se llevaron a mi tía Inocencia que cruzó la casa pasando los deditos por la pared del pasillo. Cuando puso un pie en la calle, bajo un soleadísimo y asfixiante atardecer que venía por segunda vez a por ella, sólo supo contar hasta veintisiete antes de caer muerta a los pies del enfermero que la custodiaba. Sin oxígeno y sin familia, inoportunamente. Todos asistían en ese momento, con urgencia e ilusión, al nacimiento de otra niña de ojos azul-milán, yo, que los abría al mundo justo en el instante en que mi tía Inocencia cerraba los suyos, haciéndose pis encima y moviendo frenéticamente los tobillos. Con una sonrisa trazada en los labios. Cama redondaTirado en el suelo, con la espalda contra la pared y desgreñado de arriba a abajo, maldecía cada paso que no era capaz de dar tras ella. Pensó que lo primero que debería hacer nada más levantarse habría de ser afeitarse, ducharse y vestirse como un ser humano; pero desde luego no inmediatamente. Echó una ojeada al reloj y descubrió que ya había pasado una hora desde la última vez. Se sentía ridículo allí sentado, impávido, clavado literalmente al suelo y espectador de una soledad que él mismo se había buscado. Tres días, tres largos días desde que ella le dejó y lo único que había conseguido en todo ese tiempo era dar vueltas por toda la casa interpretando una alegría que no sentía, un alivio que no terminaba de llegar y un desahogo que a esas alturas, le parecía muy mal ganado. La casa se había vuelto repentinamente grande, colosal, y no encontraba su lugar en ninguna parte. La noche anterior acabó allí, en aquel rincón del pasillo donde durante horas podía imaginar que ella saldría del dormitorio, o de la ducha, y pasaría por allí por cualquier causa para preguntaría qué caracoles hacía así. Él se levantaría y la seguiría adonde fuera. Todo volvería a ser como antes. Especular con esa posibilidad le hacía sentirse completamente feliz. Metió la mano en el bolsillo de la camisa y al desplegar aquel trozo de papel rosado fijó su atención en las letras al pie de página. A ella le gustaban esos detalles, en su escritorio todo estaba marcado con sus iniciales. Su pluma, el papel, los sobres, el sinfín de lápices de colores… su diario. Meses atrás él se atrevió a leerlo. Fue una casualidad, atravesaba la habitación en dirección al vestidor y lo encontró tirado despreocupadamente sobre la cama. Supuso una tentación demasiado grande, sabía que pasaba largas horas escribiendo en él y que también habían sido muchas las veces en que había rechazado su compañía para refugiarse en esas páginas, algunas veces hasta bien entrada la madrugada y sollozando al acostarse como si acabaran de sentenciarla a muerte. Sentía una gran curiosidad y no reparó en saciarla. Encontró pasajes muy interesantes referidos al apetito sexual de ella en triste comparación con el suyo, que por añadidura, creyó humillado. Párrafos pecando de pensamiento o de escrito o de hecho, pasando página sin conseguir finalmente despejar esa incertidumbre; y una vez calmada su curiosidad, hoja tras hoja, un terrible solaje del que apenas le costó impregnarse fue creciendo en intensidad sobre las retinas del usurpador. Encerrada en aquellas letras encontró a una mujer sola, vencida, abandonada. Despreocupadamente confesa. Se dio de bruces con una extraña que parecía estar sufriendo a su lado. Amargamente incluso. Acusándole de un abismo que se abría entre los dos. Insalvable, terrible, irrecuperable. Sorprendido, detuvo la lectura, le parecía mentira estar leyendo todo aquello, y más viniendo de ella. Él no había notado nada extraño en su relación, bueno en realidad sí, pero solo pequeños detalles: alguna reticencia, algún mohín, alguna desgana que disculpaba a las señoras y las volvía aún más encantadoras. Sintió un peso terrible sobre lo hombros y una sequedad de garganta que amenazaba con asfixiarle, su mundo se le venía encima. Abatido y cabizbajo, abandonó la lectura y cumpliendo con su obligación, acabó de vestirse y salió hacia el despacho. Durante los días que siguieron a la insensata ojeada, se alejó conscientemente de su mujer. Pasaba el tiempo esperándola en su lado de la verdad, creyéndola incapaz de sentir todo aquello que había visto reflejado en su diario. Poco a poco se fue cerciorando que el abismo era real. Cuanto más esperaba, más negro e insalvable se abría. Sentado en la otra punta del mundo, la miraba y cada vez la comprendía menos. ¿Qué había sido de su compañera, de la que parecía caminar a su sombra, la que hacía más liviana su pesada carga con trivialidades y chiquilladas a deshora? ¿Qué le habría llevado a ese estado? Desde luego él no había tenido nada que ver, de eso nada, eso eran cosas de ella. Barbaridades. Había pocos maridos como él: tan trabajador, tan abnegado y entregado, tan consciente de los sacrificios que una vida como la suya requería. Sabría cómo poner fin a aquel melodrama. No permitiría que ella abriera la boca para culparle de algo, para humillarle como hombre, como esposo, como nada. ¿Dónde le dejaría eso ante sus amistades, en el despacho ante sus compañeros y superiores, ante mamá? Se adelantaría. Vaya si lo haría. Pero antes quería cerciorarse, echar un nuevo vistazo al diario. Ciego de orgullo, con todas las horas de esforzadas jornadas de trabajo hirviéndole en las venas y herido en lo más hondo por tan ingrata recompensa, devoró decenas de páginas hasta que dio con la solución. Puso un anuncio en el periódico buscando amistad y posibles relaciones, eso sí, serias, por parte de una señora de buena posición con señor enamoradizo y galante sin reparos económicos. Comprometió a un fulano y se reunió con él en una cafetería de las afueras. Le habló de su mujer, de lo que pretendía. Quería que la enamorara, que la hiciera abandonar la casa, que la llevara lejos, a un lugar que él mismo compraría y si hiciera falta, mantendría. Al pelado se le hizo la boca agua en cuanto vio la fotografía y no dudó un instante en coger el talón. Después, le ayudó día tras día a conquistar a su mujer leyendo en el diario las impresiones que ella iba sacando tras cada encuentro y mejorando paulatinamente la actuación del amante. Llevándole, guiándole, trazándole la ruta adecuada al corazón de su esposa. Hasta que se la entregó por completo. Hasta que un buen día, fingiendo salir de viaje, les espió mientras hacían el amor en su propia cama, cama que ante sus ojos sufrió una mutación geométrica y se tornó redonda. Y al final, la nota "…querido, soy muy feliz. No trates de buscarme. Cuídate…". Volvió a doblarla y la guardó de nuevo en el bolsillo. Después se incorporó, por fin, y deambuló arriba y abajo por el pasillo. Llegó al dormitorio y apoyándose en la manivela, abrió la puerta con miedo como si por ella fuera a escaparse un demonio. Lo que más le aterraba era encontrarla vacía. Lo estaba. Allí no había nadie. Sobre la mesa estaba el diario, la muy inconsciente lo había olvidado. Se sintió vencido y la casa acabó por caérsele encima cuando al tirarse sobre la cama, restos de perfume bañaron su rostro castigándole de tal forma, que un dolor que le nació en la boca del estómago le partió el pecho por la mitad hasta salírsele por la boca en forma de desgarrada pena. En un primer arrebato corrió a la mesa de su despacho. Cuando forcejeaba con el tercer cajón, y mientras maldecía aquella cerradura cayó en la cuenta que lo había quemado todo la noche en que ella le abandonó. Los billetes de avión, los resguardos, los teléfonos de contacto. Recordó las botellas de vino, las risas, el alivio, la alegría, el fuego. Recordó cómo por encima de todas las llamas brillaba su orgullo. Radiante, espectacular, victorioso. Y ya no quiso recordar más. Enlatados¿Es posible sentir el amor como el primer día, tan fresco y fragante como si estuviera vivo? La respuesta es: sí, se puede. Depende del tipo del que se trate, pero sí. Con los amores corrientes, habituales y acostumbrados, es más difícil. Los amantes desaparecen llevándose consigo mismos la mayor parte de aquello que permitiría revivir el sentimiento, y las posibilidades que tienen cualquiera de ellos de reproducir alguna escena, la que sea, o una sensación aislada de cuantas compusieron dicha historia, se reducen a ninguna. Faltan personajes. Casi todo el material restante es tangible y se compone de recuerdos en su mayoría, algún objeto, baratijas. Con tan escasos medios lo único que se consigue es acrecentar el dolor y la honda ausencia, actitud en la que es recomendable no incidir. Mas cuando, oh fortuna de escogidos, ha sido un amor extraordinario el que nos ha bendecido con sus dones, las dificultades desaparecen porque se trata de una variante que no ha sido barajada en condiciones normales, ni bendecida con semblanzas conocidas. El amor prodigioso no sigue pautas establecidas, ni conoce reglas, ni caminos ya marcados. El amor sorprendente asume muchas formas, y una de ellas, señores, es el amor a distancia. El amor a distancia se mantiene gracias a la mensajería -ya en forma de cartas, ya en tiempo real (gracias a las redes informáticas, de tan común uso en la actualidad)-, las vías fónicas, y las noticias por terceros. También gracias a las ganas, el arrebato y el empeño, pero resulta obvio señalarlo siendo las señaladas, tónicas comunes para cualquier tipo de relación. Como es natural, digo, los terceros y las vías fónicas acaban desapareciendo en algún punto de la historia, con lo que restan tan solo las letras intercambiadas, que pudiendo parecer insuficientes, en circunstancias como estas son: el todo. Téngase en cuenta a la hora de su valoración que transportaban los sentimientos en los que se basaba la relación amorosa, que salían esforzadas de las manos de los amantes, que nacían para atravesar largas distancias solo para morir en los ojos del que esperaba ansioso al cabo de la travesía. Nacían, sí, para morir con la seguridad de portar el aliento preciso, la caricia más dulce, el beso más lento. El más ladrón. Recorrían no importaba el trayecto llevando el peso de las pasiones, la llama que las prende, el deseo que las apunta, la hermosa luz de los sentidos. El amor, en suma. Así se explica que no importando el tiempo que transcurra para dichas letras, guarden el aroma de su primera ojeada; seguramente porque nada ha cambiado para ellas, porque las palabras no saben que su emisor, o quizá su receptor (o ambos) ya no siente nada. Qué saben las palabras de amor… de términos, de plazos, de finales. Qué han de saber, si lo único que les importa es llegar a buen puerto y culminar su divina labor. Qué saben de semanas, meses, años. Qué sabe el amor de fecha de caducidad si el amor no se puede atar, ni constreñir, ni violentar, ni cortar, y es libre, tan libre el día que nace como años después y para siempre, aleatoriamente posado sobre la memoria y dolorosamente recordado. Caprichosamente abandonado y traicionado. Marcado y archivado por ser humano. Enlatado, como digo, para no morir nunca. Quien tiene un amor enlatado de los del tipo “amor en la distancia” guarda un tesoro de excepcional valor. Rescatarlo de tanto en tanto es una liturgia que solo unos pocos llegan a celebrar. Vestidas como su primer día, las cartas o las líneas enlatadas permiten revivir con total lujo de detalle momentos ya caducos; pero que contando con todo su peso específico, con todos los protagonistas, con todas las luces en sus renglones, con la misma ternura en cada punto y aparte y toda la gloria en su conjunto… hacen alcanzar una ilusoria, aunque casi palpable, sensación amorosa que termina cuando uno así lo desea. Ya que, señores, el amor así guardado es posible revivirlo, afirmo, tan fresco y fragante como el primer día. Una carta de enamorados es siempre tan admirable como cuando fue escrita. Es siempre tan reconfortante como cuando fue leída. ¿Qué tipo de persona dejaría que ese tesoro se perdiera en el río de la indiferencia, en la mansedumbre del tiempo perdido, en la herida bibliografía del orgullo, siquiera en la profundidad de negro veneno? Jamás, responde quien de veras ha amado. Jamás, confirmo. Yo misma, que tanto amor he girado por mensajería, me niego a desprenderme de un puñado de líneas que aún hoy, me inundan íntimamente. Leyéndolas, a pesar de la distancia que las motivó, y que perdura; a pesar del tiempo que ha pasado, que ya hoy es de años; a pesar de cientos de miles de motivos por los que podría justificar su olvido y por ello, incluso a pesar de mí misma, amo. En esas líneas de inmenso valor estamos él y yo, los dos, como hace tiempo. En ellas, hablándonos en tiempo real, de nuevo pareja, tal como éramos. En ellas hay un hombre y una mujer que se quieren y que lo hacen sin saber que el punto y final ya es solo un recuerdo. Pero una pareja de enamorados que seguirán amándose ajenos a la realidad, enredándose en perpetuo ovillo, esperando atraer a sus protagonistas solo para treparles hasta el corazón, envolverles cuello y rostro con su aromático fulgor, y arrancar de sus ojos el brillo por el que fueron unidos: El amor. Amor de ida y vuelta, amor de eterna presencia, amor libre que vive enlatado, amor pasado que duerme en mi cajón, amor viejo, amor atrasado pendiente de cobro, amor, amor y mil veces amor. Amor perro. Amor que no te irás. Amor que tanto te quise. Amor, mío. Mira el paisaje del amorTú. Que llenas todo de alegría y juventud Y ves fantasmas en la noche de trasluz Y oyes el canto perfumado del azul Vete de mí No te detengas a mirar Las ramas muertas del rosal Que se marchitan sin dar flor Mira el paisaje del amor Que es la razón para soñar Y amar. Vete de mí V. y H. Expósito Camina cabizbaja con el mentón enterrado en el pecho esperando pasar desapercibida. En cambio consigue que todos la miren, con tanto sollozo y tanto jipío se convierte en un blanco perfecto para la curiosidad ajena. Carcomido el ánimo por el desencanto, fija la mirada en las baldosas del suelo intentando poner sus pies solamente en las rojas. Cuando las ojeras jalonan su rostro, los ojos le penan y la nariz le escuece de tanto sonársela, su curiosidad circula obstinada en calcular qué podría pasar si en un descuido pisara donde no debe. Lo gris. Al meter las manos en los bolsillos, encuentra el pañuelo que se compró para sujetarse el pelo aquella tarde, cuando quedaron por segunda o tercera vez. Lo mira y lo deja caer, ya le duele recordar. Detrás de ella, sin reconocer el pañuelo y esquivándolo en su marcha, un hombre espera la ocasión para detenerla. Posiblemente no se atreva a hacerlo, ni en esa calle ni en las siguientes, pero sujeta unas violetas con esperanza e hila una explicación creíble para volverla a comenzar por inmerecida cada vez que vuelve una esquina. Temiéndose el final del recorrido e irreparablemente cada vez más cerca de él, con la certeza de ser incapaz de atajarla, de abrazarla, de reconfortarla con la alegría de su regreso. Persiguiéndola mientras camina cabizbaja con el mentón enterrado en el pecho, esperando pasar desapercibida. Siguiéndoles a ambos, una señora pisa el pañuelo. Pasa por encima con la cabeza bien alta, los ojos cargados, los labios oprimidos. Estruja en su mano derecha un informe que le ha echado diez años encima, descubriéndole la traición y el engaño, la pasión inoportuna e inconfesable de su señor esposo. Cada poco se detiene arrepentida de su extravío queriendo retomar la dignidad de su personaje, la nobleza de su comportamiento, la honra de su proceder… pero sin poder sujetar su encono, suelta lágrimas azabache mientras va arrancándose trozos del alma, siguiendo la neurasténica marcha de ese hombre con un pequeño ramo de flores en la mano. En los ultramarinos, la cara del dueño se ilumina a su paso. Habría tantas cosas que querría decirle y son tantos sueños los que destaparía para ella, tan señora, que sin percibir el dolor de sus ojos estira una sonrisa y levanta su mano para saludarla, bajándola con vergüenza. Guardándola bajo el delantal para cortársela más tarde. Qué horror. Invisible de nuevo, el tendero vuelve a su trabajo en las estanterías, reponiendo conservas que veinte años atrás comenzaron a apilarse en ese rincón, mientras el pañuelo acaricia su postigo sin detenerse y él cae en la cuenta, con abatimiento, que podría comparar cada pote con un fragmento de su alma, almacenado cada vez que ella ha pasado por su puerta sin que se atreviera, a nada como ahora mismo, para acabar viéndola alejarse caminando erguida, con la cabeza bien alta y desafiante. Enfrente, la hija mayor del pescadero, que vigila la puerta de los comestibles desde el pasado mes de noviembre, se queda mirando el pañuelo mientras pasa de largo empujado por el viento. Ya no sabe vivir sin espiar el otro lado de la acera. Una mañana de domingo su madre la envió a comprar manzanas, y el dueño puso una de más en el cartucho y le sonrió al entregárselo, prendiendo así de sencillamente el corazón de la chiquilla a la persiana de su tienda. Cree estar enamorada y es muy posible que lo esté, por eso espera pacientemente a que él atraviese la calle. Por eso, y porque se le cruzó un cometa en sueños y en su estela estaban los dos. En la punta de la calle, una pareja se habla de amor en los ojos y aunque no llegan más allá de los labios, calman una sed inagotable que les arranca suspiros de pasión. ¡Ay! Mira –dice ella, recogiendo el pañuelo que se enreda entre sus pies- lo que siento me sale de aquí, te juro por lo más sagrado que noto algo. Es caliente y lo llevo prendido en el cuello. Si no te beso, me hincharé hasta salir volando o hasta explotar. Y él, que lo ha visto en su cabeza con claridad, entreviendo la pérdida pone su boca sobre la de ella para decirle: Ahora mismo te saco eso del pecho. Ríen y entre alharacas y arrumacos el pañuelo se les escapa de las manos y rueda arboleda abajo. Al doblar la vereda, el jardinero arranca con entusiasmo las ramas secas. Conseguirá un buen pellizco en cuanto el cementerio parezca el jardín del mismísimo alcalde, y como tiene ganas de acabar su trabajo para poner la mano, a la carrera y con furor estira de los ramajes. Su mano encuentra resistencia en un jazminero que brota fresco, perfumando la tumba de esa muchacha que murió de mal amores y la de aquel señor mayor que la visitó durante años y que cayó sin vida allí mismo. Tenaz, consigue arrancarlo de raíz, dejando al descubierto un puñado de tierra húmeda que se encoge ante la luz y la lluvia que comienza a desplomarse, hasta que la corriente empuja hasta allí el pañuelo que, rodando con delicadeza, viene a detenerse sobre la brecha. Amparándola. El companageYo, que soy una gran obsesa y que me precio de serlo, siento orgullo de mi condición. Vivimos. Somos perturbados. De hecho lo somos tanto y en tan gran medida, que cada vez que hacemos algo, lo realizado no nos es suficiente, no nos llena y pretendemos más. “Ya que estoy sentada en el wc voy a disponer el papel higiénico como Dios manda.” Aprovechamos el tiempo; mientras todos se sientan en la taza con el único propósito de calcular el alcance de sus deposiciones para variar en lo posible o necesario el estado de su dieta o contemplar con asombro el increíble trabajo realizado, nosotros, los maniáticos, posponemos esta labor y prestamos la atención debida al correcto estado de las cosas. Para nosotros es de vital importancia que todos y cada uno de los objetos sea usado correctamente y de nosotros depende la armonía de nuestro hogar. Cuando nos sentamos a ver la tele, no la vemos, lo que en realidad estamos sopesando no es si la protagonista está sufriendo de forma desmedida o si metiéndose por ese pasadizo va a cagarla porque seguramente se encontrará con el malo. No. Los maniáticos tenemos la mente puesta en si la luz que deja pasar la persiana es la idónea para esa escena, o si la temperatura de la habitación es la adecuada para el visionado de la cinta. Tampoco pasamos por alto si los demás están cómodos. “Ya que me levanto a bajar la persiana ¿te traigo una manta? ¿Te hace falta algo?”. No nos sentiremos a gusto hasta que los demás lo estén, es algo básico para nosotros. (Quede claro que haríamos cualquier cosa por el prójimo, quede clarísimo. Más tarde se entenderá el motivo de esta puntualización.) Jamás veréis en la cocina de un maniático un cacharro fuera de su sitio, nunca. Y nunca quiere decir eso, nunca. Antes agujereamos a propósito todos nuestros condones que permitir que una sola sartén no descanse dentro de otra de mayor tamaño, acogiendo ésta a su vez a las inferiores en perfecta, y siempre tranquilizadora armonía sartenil. Las especias, las latas, los envases, las bolsas, las cucharas, platos y vasos… todo lo disponemos de forma lineal, de mayor a menor tamaño, de mayor a menor uso. Vernos cocinar es todo un espectáculo, utilizamos los adminículos culinarios con maestría propia de grandes chefs. Podríamos disertar durante horas sobre el buen uso de las cucharas de madera o sobre la conveniencia del pasapurés en detrimento del uso de la batidora, pero si lo hiciéramos no estaríamos pendientes del sofrito y de la cocción de las verduras, así como del chorro de agua que se derrama sobre la lechuga en el fregadero, y mucho menos del sobre de puré de patatas que hay que ir a buscar entre el primer hervor de la coliflor y el justo escurrido de la lechuga antes citada. “Ya que me paso por delante del fuego para ir a buscar un cuchillo, removeré el hervido”. Está todo cronometrado, cada cosa tiene su turno y se ha llegado a medir gracias a la repetición constante de estos hechos durante toda la vida; se trata de un trabajo de campo del que se han extraído conclusiones a las que ya no es posible sustraerse. El cuarto de baño de los maniáticos es nuestra mayor perdición. En él, cualquier intruso será tratado con extrema brutalidad. Los pelos en el lavabo, las manchas en los azulejos que se ven o de pasada o a inspección provocada desde la puerta, las gotas de pis que se desparraman asquerosamente por el suelo de las inmediaciones del water, la alteración del orden de los botes de cosmética, el de las zapatillas de andar por casa, el de los camisones y pijamas que comienzan su desfile por la derecha comenzando por el más limpio y acabando en la izquierda, por ser el más usado y más cercano al cesto de la ropa sucia; el siempre implacable cerco del vaso del cepillo de dientes, el chorrete calcáreo que provoca un grifo mal cerrado... Nosotros no conocemos la paz hasta que todo vuelve a su sitio. Sé de casos de gente estreñida sólo por causas ajenas a su voluntad, como una toalla mal colocada frente a frente, o un bote de champú que no ha sido bien cerrado, cosas todas ellas, que afectan muy comprensiblemente al normal funcionamiento del cuerpo humano. En el dormitorio es donde se nota que alguien es maniático o no lo es, porque una cocina limpia y ordenada, y un baño pulcro hasta límites sorprendentes no define auténticamente la personalidad de uno de nosotros. El colmo de nuestra actitud y lo que nos subraya como auténticos obsesos es el guardarropa. Un buen armario se ordena por temporadas, después por estilos, dentro de los estilos por colores, por tallas, por uso y por último, por estado. Un traje de chaqueta desfasado nunca podrá estar contiguo a uno en activo ni aunque lo iguale en color o en talla, así como un pantalón jamás en la vida puede colocarse donde sólo haya faldas. Eso sería como meter un elefante en una cacharrería: daña a las córneas, al buen estado mental y hace que todo mude a un terrible caos. Por añadidura, haya ciertos detalles íntimos que –rayando en la locura- me califican como un caso clínico, como por ejemplo: De encender y apagar la luz siete veces cada vez que entro en una habitación depende la salud de los míos. El día que por causa mayor no lo hice, alguien cayó enfermo. Ahora estoy condenada a hacerlo aunque me suponga un placer añadido el hecho de deslizar mi mano sobre esos preciosos enchufes que yo misma elegí y a los que desgraciadamente, se les ha borrado una pequeña y monísima –que lo era- bombilla dibujada en su centro. El dependiente nos dijo que aquello duraría siglos, pero no contaba con multiplicar su normal uso por siete, natural. (…) Hace un rato entraron a robar en casa y lo han dejado todo revuelto, cuando regresé me metí aquí, en el cuarto de la limpieza, único reducto de mi salvación, desde el que ahora filtraré esta nota por debajo de la puerta. No pienso salir de aquí hasta que alguien no ordene mi casa, que llamen a mi madre, ella sabe. O a mi exmarido, que también conoce mis peplas. Si no se les puede localizar, al menos rogaría se siguieran las indicaciones reflejadas al principio de este texto, pagaré lo que haga falta. De más estará decir que cuando llegué a casa y vi lo que había sucedido no hice como otros, tirarme a abrir la caja de caudales para ver cuántas cosas podían haberse llevado los ladrones, sino que me entretuve comenzando a colocar las cosas en su sitio, pero son demasiadas. Nunca conseguiré yo sola devolver a mi casa su estado original, me da pánico salir de aquí. Al contrario, si salgo y tengo que enfrentarme a ese caos lo más natural será que todas mis funciones vitales se vean colapsadas, sufriré arritmias, paros circulatorios, caída de pelo, estreñimiento brutal; no sé cual puede ser el alcance, pero tampoco estoy por la labor de averiguarlo, ya al meterme aquí dentro ingresé con claros síntomas de mareo y vómitos. El que lea este escrito, si tiene la amabilidad, que me acerque del frigorífico un poco de jamón. Estará, si es que los cacos no lo han mudado de lugar, en el tupperware de los fiambres, alineado entre el chorizo y el morcón. Como es natural. ¡Click!Aquel momento que flota nos toca con su misterio. Tendremos siempre el presente roto por aquel momento. D. José Hierro La primera vez que lo hizo tuvo muchos remordimientos pero después ya no, pronto se acostumbró a deshacerse de lo que le estorbaba. Hubo un tiempo en que acumulaba cientos de baratijas, a los más pequeños les hacían los ojos chiribitas observando su colección de canicas de cristal y de cromos antiguos, la exponía con orgullo junto al alféizar de la ventana sintiéndose protagonista de un pequeño triunfo sobre la vulgaridad de la chiquillería. Su caída de ojos después de repasar las miradas entusiastas de los críos era todo un homenaje a su soberanía personal: lenta, minuciosa, pedante. Se reconocía merecedor de este tipo de victorias y no podía evitar sonreírse. Tenía siete años. No había tenido un solo amigo en su corta vida, pero no parecía estar dolido por ello, al contrario, alguna vez había sido testigo desde su ventana de inverosímiles intercambios de propiedades -cromos, caramelos, regaliz- entre niños de su edad y esto, unido a aquel cansancio vital que se apoderaba de su espíritu cada vez que seguía sus juegos, fue lo que puso la guinda al pastel del olvido. Durante su infancia apenas sí salió de casa, sus padres tampoco le animaron demasiado creyéndole aquejado de algún tipo de ansiedad que le atribuyeron en el transcurso de una charla de sobremesa, y en suma, creyeron sumamente beneficioso aquel recogimiento después del desdichado y fatal accidente escolar de su hermano mayor. El niño no parecía necesitar nada que no estuviera dentro de sus cuatro -y seguras- paredes y eso apaciguaba todas las aguas familiares. Aprendió a tocar algunos instrumentos musicales -piano, violín y flauta travesera- y estudió dos carreras -Astronomía, y Derecho como su padre- gracias a profesores particulares que su progenitor retiraba a golpe de talonario de los mejores colegios. Se trataba de un estudiante excepcional y hubiera sido un estímulo para cualquier maestro de no ser por su carácter. Solía adelantarse a las enseñanzas y perdía los nervios en excesivas ocasiones llevado sin duda por una sed de conocimientos que algunos de sus tutores bautizaron como vampírica. Una vez se quedaba a solas y acababan las clases, buscaba en alguna de las enciclopedias de su biblioteca la confirmación a lo que le habían enseñado, ampliando y mejorando, explorando y descubriendo. Su mente no conocía descanso, y tampoco le preocupaba proporcionárselo. Cuando cumplió veinte años sus padres instalaron en el tejado un telescopio. No era el primero, pero este era de dimensiones impresionantes. Les costó dos días separarlo de él. Su padre era un hombre aparentemente tranquilo. En ocasiones, cuando la amargura hincaba los dientes en su alma, buscaba la compañía de su hijo para apaciguarla. Juntos se encontraban bien a pesar de no haber conseguido profundizar sobre ningún tema durante el transcurso de sus vidas. Aquella era una relación natural y muy sana, no había nada que pedir y no había nada que entregar. Su hijo era muy callado y excepcionalmente inteligente. Era normal que tuviera un carácter como el que tenía, se trataba -sin duda- de un genio. Algunas noches, cuando el sueño ya le vencía y los ojos se le empezaban a cerrar, le imaginaba corriendo otro tipo de suerte: triunfando en el mundo exterior, estrechando la mano de personas del entorno de su despacho, trabajando mano a mano con él, peleando los mismos casos. Sonreía. Imaginaba sentirse muy orgulloso con ello. Daría cualquier cosa por ver la cara de sus colegas cuando irrumpiera en los juzgados, la envidia que iba a provocar con aquella seguridad, aquel entusiasmo, aquella soberbia aplastante. Después un clic mecánico tornaba aquel orgullo en miedo. El mundo se estaba privando de una personalidad arrolladora, cierto, pero ese mismo mundo -él lo había visto, quizá hasta comprobado en sus propias carnes- solía ser el causante de la debacle de aquellas ansias. La vida allá fuera ponía su pesada bota sobre ilusiones y sueños, apaciguándolos, mermándolos, transformándolos en cotidianeidad, en planicie, en vacío. Se dormía intranquilo pero satisfecho, al fin y al cabo de momento todo estaba en calma. Quizá para el mes siguiente tuviera que calentarse la cabeza pensando en alguna nueva e inquietante atracción -interna- para su pequeño, pero sería capaz de lo que fuera por preservar a su hijo de cualquier mal -externo- conocido. Cuando comenzó el mes de marzo todo hacía presagiar que sería como los veintinueve anteriores: lluvioso, frío y recogido. Muy recogido. Pero aquel mes parecía haber explotado en el calendario, todo estaba exultante de belleza y los aromas se elevaban a la enésima potencia. El joven no se mantuvo al margen de aquella frescura, no pudo sustraerse a ella. Subía al telescopio a diario acompañado de sus libros de notas y allí pasaba horas y horas manejando tantísimas cifras y tantísimos datos. Tantos como estrellas había sido capaz de localizar. Muchos. Muchísimos. En aquellos días el mayordomo de la casa fue despedido por empujar accidentalmente uno de aquellos cuadernos desde la cornisa hasta la calle mientras retiraba una bandeja, yendo a caer -que también fue mala suerte- a uno de esos charcos eternos que se hacen en invierno. La pérdida fue declarada irreparable. El mayordomo no obtuvo carta de recomendación. Una vez recuperada la tranquilidad familiar por aquel desgraciado incidente, y durante una de las sesiones lunares, el telescopio perdió altura. El joven parpadeó y cuando volvió a abrir los ojos, lo que veía era el otro lado del parque, y echada bajo la luz de una farola y durmiendo con un libro entre las manos, a una muchacha. No dejó de mirarla durante largo rato, no supo cuanto. Era muy hermosa, o no, pero descansaba tan plácidamente y era tan cálida la expresión de su rostro, que se sintió fatalmente atraído por su imagen. Era rubia y sus cabellos eran largos, muy largos. Su piel se erizó en un par de ocasiones a consecuencia de la brisa, era fácil apreciarlo con el telescopio. Las ropas que vestía flotaban delicadamente y a veces parecían querer cobrar vida azotando con ternura su cuerpo, sin despertarla, como aleteando. Se le entreabrían los labios con una dulzura, una humedad y una lentitud fuera de lo común. El joven exigió sentirlos cerca, tocarlos, acariciarlos, dejar rodar sus dedos por su perfil sin despertarla, dibujarlos, calentarse en ellos. Vivir allí. Daría cualquier cosa por estar cerca, por mirarla a un palmo escaso de su cara, por sorprenderla con su mirada, por sonreírle. Estiró un brazo creyendo poder alcanzarla y lo volvió a meter en su bolsillo sintiéndose un completo idiota y sonrojándose por primera vez. Estuvo observándola mientras recogía sus cosas y dirigía sus pasos hacia la salida del parque. Lo último que pudo ver fue su pelo flotando cuando la muchacha giró por la calle que la hizo desaparecer. A la hora de cenar todos se sentaron a la mesa con la puntualidad acostumbrada. El padre el primero, se trataba de una costumbre familiar. La madre se unía a la mesa en segundo lugar y juntos solían reclamar la presencia del hijo a la servidumbre. Siempre había sido así, durante años el mayordomo golpeaba la puerta de la habitación tres veces seguidas y después decía: “la cena está servida, sus padres le esperan en el comedor”. Esta vez el mayordomo hubo de insistir, dio los consabidos tres golpes en la puerta y repitió: “la cena está servida y sus padres le esperan en el comedor”. Nadie respondió ni ese día, ni durante toda la semana siguiente. Dentro se estaba viviendo una metamorfosis. Allí estaba él tocándose el rostro inexplicablemente frío, mirándose en el espejo y encontrándose blanco, soporífero, plano. Vacío. Extrañándose por todo cuanto no podía extrañarse y jamás le había importado; viviendo vidas que jamás quiso ni anheló vivir, amando a una mujer a la que sólo había visto una vez, sopesando su vida, contrastando en la balanza cientos de datos contra aquellos labios, contra aquel cabello flotando ante sus ojos, contra los latidos que provocaba en su corazón su solo recuerdo. Evitando pensar en la pérdida de tiempo, evitando culpar a nadie, siquiera a sí mismo por una evidencia que dolía siquiera recordar y de la que era protagonista. Mirando a su alrededor, sintiendo el peso de todos los segundos que ya le separaban irremediablemente de volver a sentir aquel rubor (tan inocente, tan inocente). Cerrando los ojos y viviendo vidas paralelas y sorprendentemente atractivas. Temiéndose la decisión pero conociéndola y esperándola, toreándola, dándole forma y detalle, meciéndola, aceptándola, haciéndola suya, atrayéndola hacia donde nunca había sido bienvenida. Abandonando el miedo. Al mediodía del domingo veintiuno la puerta de la habitación se abrió. Salió nervioso luciendo un traje gris marengo que estrenó para fin de año, repeinado hacia atrás. Cruzó el pasillo y llegó a la puerta del comedor, miró a sus padres. Metió la mano en su bolsillo y acarició las llaves de la puerta principal, salió por ella dando un traspié con el escalón de la entrada. Sus padres tomaron sopa y carne en salsa. No pudieron con el postre. El inapetente cabeza de familia rechazó su taza de té y tomando su reloj de bolsillo dijo: “alguna vez debía llegar la primavera a esta casa”, y sintió miedo. Delenda est RosaPequeña rosa, rosa pequeña, a veces, diminuta y desnuda, parece que en una mano mía cabes, que así voy a cerrarte y a llevarte a mi boca, pero de pronto mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios, has crecido, suben tus hombros como dos colinas, tus pechos se pasean por mi pecho, mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada línea de luna nueva que tiene tu cintura: en el amor como agua de mar te has desatado: mido apenas los ojos más externos del cielo y me inclino a tu boca para besar la tierra. Pablo Neruda Se sirvió una taza de té. De mala gana y después de pasarse una mano por la barba, aburrido y hastiado, se soltó el nudo de la corbata. Repasó las notas que había tomado en su primera cita: “Mujer de treinta y dos años, abierta y expansiva, imprudente y poco reservada, mirada sincera, cordial, amable. Se muestra divertida y cercana. Irónica. Aspecto físico saludable. Expediente: 27/2003”. Conectó el radiocasete y lo puso sobre la mesa, se giró hacia la ventana y perdió la mirada entre la multitud que caminaba por las calles o esperaba el autocar acompañados por las bocinas de los autos, allá abajo. La voz de su paciente comenzó a sonar calmada. Decía así: “Me tumbo en la cama y me dejo amar. No sé si quienes pegan su boca en mi oído han venido a amarme, pero lo que sí está claro es que no consiguen hacérmelo llegar. Ni sentirlo. Ni sentir. Algún día de algún mes de algún año, y siempre de forma casual, despierto de mi letargo y me abandono en brazos de mi compañía. Me transformo en un animal doméstico pegándome a su piel y deslizándome por ella mojando hasta colmar el último centímetro disponible, llegando a todos los rincones, lenta, húmeda, suavemente. Pongo el alma en la punta de la lengua. Se me siente desde dentro como un estremecimiento. En la espalda, como un escalofrío. Tibia, fértil. Contagiando calor. El hombre que es correspondido con ese boleto ya no conseguirá olvidarme, no es fácil desprenderse de mí. Para muchos ha sido imposible. Conocí el amor, pero de eso hace mucho tiempo. Tanto que hasta comienzo a pensar que debe ser un fallo de memoria. Algún protocolo erróneo. Imaginaciones mías. Algo. Recuerdo su voz, recuerdo su voz, la recuerdo… Recuerdo que le enseñé a decírmelo. Cómo añoro su voz diciéndomelo, doctor. Se podría decir que soy suficientemente feliz, luego caigo en la cuenta de que alguien galopa sobre mí y que debo jalearle la faena. Lo hago. Lo hago con los ojos abiertos. Después si requieren unos mimos los doy mirando a la cara, directamente a los ojos y sonriendo. Pero muy lejos de allí. Ya hace tiempo que no vivo en este cuerpo mientras lo toman. Mi alma la tiene un hombre. Sobre estas cosas jamás pude decidir ni tomar partido, me suceden solas y poco puedo hacer para resistirme. Aquel que susurró palabras de amor sobre mis labios que sí llegaron a su destino y correteando entre mis piernas me enseñó hasta donde podía ponerse el listón de alto, es el mismo que se estará haciendo cargo de ella. Prefiero pensarlo. Por eso no estoy en mi cuerpo cuando me aman, por eso me arqueo con esfuerzo y por eso los jadeos suenan rítmicos y artificiales. Por eso. A ratos pienso que me engañó. Medito sobre la idea de que todo podría haber sido mentira, incluso que no se acuerda de mí como yo de él… opto por indultarle. Falta de pruebas. Sonará estúpido pero durante los primeros cinco minutos de sexo y mientras las pieles todavía están secas, me reservo unos segundos de estudio a los que de tan recurrentes y poco afortunados, he cogido hasta tirria. Son pocos, pero los suficientes para que mi cuerpo no reconozca a quien tengo debajo. Después ya es mecánica pura. La maquinaria está bien engrasada y mis amantes no presentan queja, pero ninguno consigue arrancarme un verdadero gemido de placer. Estoy lejos pero sudando, encima. Me pierdo buscándole. Cuando todo acaba me siento derrotada. Sobrevivo gracias a los abrazos con que me premian mis amantes y que acepto aún sin merecerlos. Prefiero no mirarles mientras se visten. Alguna vez marqué su número telefónico. Quiero decirle tantas cosas. Quiero que sepa cuánto le quiero, cuántas cosas me callo y cuánto le echo de menos. Quiero cerrar los ojos mientras me habla, quiero que me hable, quiero que me quiera, quiero que vuelva, quiero que… Necesito que se de cuenta de lo mucho que le amo y a pesar de eso, no soy capaz más que de entablar una conversación trivial a la que él tampoco parece querer dar profundidad. Al colgar quisiera… No sé qué quisiera, pero para empezar no querría ni haber colgado. Lo que siento después es mucha rabia y mucha tristeza, suelo taparme la boca y apretármela para no gritar. Los ojos se me inundan de lágrimas y al caer, queman mis mejillas. Lloro mucho en horas libres, doctor. No consigo que vuelva. Darme cuenta de esto es lo más trabajoso y lo más duro. Aliento unas pocas y ya muy gastadas esperanzas de volver a amarle, como de segunda mano y ya casi ni mías. Camino de puntillas sobre una repugnante certeza de saberme alejada de, echada a rodar por. Seguridad de que otro guarda la llave, de que otro que no está al alcance seguirá llevándose todos los pensamientos, consecutiva, irremediablemente. Alguien que siquiera tiene cara, ni gestos. Que no tiene piel, ni caricias. Alguien que no tiene boca, pero besa. Alguien que no tiene brazos, pero aprisiona y no suelta. Alguien que en otra época me hacía sonreír tras las risas en el colmo de la felicidad, alguien que arrancó gritos descontrolados de alegría. Alguien que no viene, alguien que olvidó por donde se llega a mí a pesar de lo fácil y lo puta que me he vuelto. Otro hombre más y la gata no ha salido a escena, doctor. Otro hombre más y no era el mío. Otro, y estaré más lejos de él porque me castigaré a mí misma castigándole. Quien sabe si el próximo sea el afortunado y quien sabe si con él entre las piernas sacie mi sed durante un buen puñado de boletos perdedores más.” Apagó su cigarrillo y volvió a pasar la mano por la barba, recogió la mesa y tomó la agenda. La abrió por el viernes 15 de marzo de 2003 y anotó: “Posible cena íntima con expediente 27/2003 pendiente de confirmación telefónica.” Se colocó el abrigo y cerró la puerta de su consulta tras él. El cartelito con su nombre quedó inclinado tras el portazo, pero era de esperar. El RefugioCaía una fina lluvia al otro lado de la ventana. Sus pies cansados la devolvieron a la mecedora después de un corto paseo por el jardín. Todos los años era una recompensa asistir al regreso de la primavera. Fascinada, había procurado mantenerse en segundo plano para no alterar en su delirio la caída de los rayos entre las primeras flores, la titubeante acrobacia de las mariposas sobre el azahar y la húmeda fertilidad de la tierra. De vuelta frente al fuego -que con los años se había convertido en su único acompañante- desató el lazo de su manojo de cartas. Actuó con premeditación, como si lo hiciera por primera vez. Se dio unos minutos demorándose en escoger la primera y finalmente tomó una del centro entre sus ancianas manos, temblorosa. Su rostro se iluminó como el sol al brotar en la línea del horizonte, y una vez la hubo desplegado el derroche fue aún mayor. Sus ojos bascularon de izquierda a derecha repasando cada palabra, buscando las pausas en las comas y la costumbre de hacerlo enamorada, de leerlas emocionada y trastornada. Pero ya era imposible. Anhelaba sorprenderse en sensaciones atrasadas y las leía desesperadamente, no encontrando en ellas más que pasado y olvido para acabar entregándose a la evidencia de que pertenecían a un tiempo muy lejano. Que tenían muchos, muchos años. Que no había rastro de sorpresas, que todo había sido digerido y aceptado. Pero aún así, el calor y la familiaridad que desprendían le provocaba una gran adicción: era toda una liturgia pasar los dedos por las líneas que años atrás una pluma fresca dejara a su paso; deslizar las yemas por los dobleces empujando al papel a doblegarse bajo su peso -que obedecía más por la costumbre y el peso de los años que por sus fuerzas-, perseguirse años atrás, volver a leerle. Era su placer. Aspiró su aroma. Cerró los ojos y cruzándosele una lágrima por la mejilla, las volvió a atar con la raída cinta de raso rojo. Siguió meciéndose, esta vez con el peso de otros cien años encima. Cuando el fuego se hubo apagado, todo en la casa quedó en silencio. Nada perturbaba la paz de aquella estancia donde una señora mayor, haciendo un último y afortunado equilibrio sobre la mecedora, retaba a todas las fuerzas de la naturaleza sosteniendo alzadas entre sus manos, a la altura de un corazón sin vida, un viejo manojo de cartas. Caía una fina lluvia al otro lado de la ventana. Mishkina, la idiota de la cajaEchada boca abajo y tiesa como un palo, ocupo una pequeña caja de madera. Emperifollada con un maillot dorado, tutú, y zapatillas de puntas con cintas; maquillada con carmín barato y excesivo colorete, luzco un tocado de bisutería brillante que pesa como un demonio. Paso la mayor parte del tiempo maldiciéndolo y observando los destellos que reflejados en él, algunos rayos dibujan sobre las paredes de mi caja cuando se cuelan ocasionalmente por las rendijas. Parecen lágrimas, diamantes, perlas. Todo está en silencio y yo quieta, de perfil y siempre sonriente, apoyada sobre una pierna en demi-plié y dejando la izquierda extendida atrás. Mis brazos y hombros sostenidos, crean una larga línea desde las yemas de los dedos de mis manos, sueltos, delicados, hasta las de mis pies, firmes, seguros. Mantengo con severo esfuerzo la postura y oigo los latidos de mi corazón mientras cuento los que faltan para que venga a verme. Un par de veces al día y nunca a la misma hora, mete la mano en el bolsillo de su americana y rebusca entre sus cosas hasta que toma mi caja y me sube a la altura de sus ojos. Al abrir la tapa, un resorte me coloca en posición vertical y hace sonar mi música, la petit fille de la mer. Yo doy vueltas y él me manda beso tras beso y una sonrisa y otra hasta que se acaba la cuerda y vuelvo a meterme en mi joyero. Hasta luego, me dice. Hasta luego, repito mientras la tapa se cierra sobre mí y el terciopelo negro del fondo de la caja se acerca, una vez más, hasta quedar casi pegado a mi cara. DragónTodas las noches sentía su vuelo alrededor de mi torre. De vez en cuando bajaba a la altura de las ventanas entreabiertas y parecía querer asomarse. Volaba ralentizado abanicando la estancia, envolviéndome en una espiral deliciosa que me turbaba e incitaba a desearle más. Sabía que buscaba su rostro entre las cortinas, sabía que vivía expectante, algunas veces se regodeaba en ello retardando su llegada y haciéndome esperar hasta despuntar el alba. Obstinado, le preocupaba mi felicidad. El dragón, que dudaba, se me quedaba mirando y yo, que no podía evitar sentirme atraída por sus movimientos encontraba complicidad en sus ojos a pesar de la gruesa capa de escamas que los rodeaba. Le deseaba. Le deseaba poderosamente, hasta el punto de renunciar a la vida exterior y limitar mis andanzas a recorrer la estancia esperándole para postrarme a sus pies, negándome a mí misma más salidas que las que hacía al balcón buscando su presencia. Él era mi pájaro protector y velaba por mí. Yo sabía que quería acercarse más, parecía desesperarse pero tenía miedo a que le cazaran, le aterrorizaba que lo encerraran, la sola idea de que alguien frenara sus instintos le atenazaba. El dragón temía perder su libertad pero era incapaz de alejarse. Pasaba las noches atormentado al otro lado de sus deseos. Giraba, giraba y volvía a girar en torno a mí, incapaz de decidirse. Temía hacerme daño. Pero escucha dragón, esta noche calmarás tus ansias, dormirás en mi lecho, entrarás en mi cuerpo y te daré paz. Cuando seas mío, pájaro protector, cuando puedas mirarte en mis ojos comprenderás que no habrá más barreras que las que tú quieras ver, que las pondremos nosotros mismos si es que así nos place y con el mismo gusto las derribaremos. Que es imposible detener tu vuelo y que hacerlo no tiene sentido. Sabrás, lejano, que en sueños me das cobijo en tus alas, hermosa plata de mi guarida, ansiado descanso. Ven a mí, no tardes. Abandona los contornos del paraíso y empápate de él, maravilla. Ven dragón y come de mis manos, abandónate conmigo a la simpleza y engalánate de tontuna enamorada. Abramos estúpidas rutas hacia las estrellas y levantemos en ellas nuestra ilusoria casa de verano, mirémonos embobados y seamos incapaces de articular palabra, estúpidos y paralizados de amor limitémonos a tocarnos, a sobarnos, a olvidar que hubo alguien más, a desterrar el alrededor, a elevarnos, a alejarnos, a subir. No nos privemos, arrobados rebosantes de felicidad, y dediquémonos a corretear a nuestro encuentro, escondite. Nada me gustaría más que encontrarte y cubrirte de besos. Acércate. No has de temer, la trampa va ligada al premio, recógelo, recógeme, déjalo todo. Tendrás que venir esta noche, temerario, y no otra. No habrá más oportunidades porque mañana mi orgullo habrá doblegado mis deseos. Creeré, ciega y muda y sorda a tus pretextos, mil excusas que te sitúen por encima de mí, dominador. Y no pueden haber victorias en el amor. En él entrarás con las manos limpias, con la boca fresca, con los pies descalzos. Dragón escucha mi voz, será sencillo amarse, no tienes que tener miedo. Bastará con que entres a este lado de tus deseos, esperado. Solo hoy. Te estoy esperando. Ven. Y el dragón, preso de una excitación sobrenatural, se posó en mi balcón y cayó en mi trampa. Olvidó todo protocolo y se lanzó endemoniado a mis venas derramando en ellas su veneno mortal. En aquel mismo instante quedó mi sangre manchada de él, quedé yo prendida de su poder. Quedó él a mi merced. Ya no hubo nada más, ya éramos sólo dos envenenados. Víctimas de la poción. Drogadictos, ansiosos, desesperados. Dándonos caza en los labios. Ardientes. Presos. Condenados para siempre a estar juntos, a sentir, a no romper el vínculo fatalmente cerrado. Felices, absurdamente felices por tan grata dependencia, por brindarnos la vida, por anularnos. No habiendo nada en el mundo capaz de separarnos, el dragón y yo derrochábamos uno del otro y dilapidábamos día tras día a la caza de un centímetro de piel inexplorado. Siempre desnudos, siempre enamorados. Un día descubrí que el dragón no había venido para quedarse y que tampoco estaba dispuesto a escuchar mis ruegos; al contrario, estaba decidido a echar a volar. Se erguía en la cornisa y yo me tiraba a sus pies apelando a nuestro amor impidiendo que se marchara. No quería dejarle ir, había creído en él, en la magia del azar y quería más, mucho más, le quería para siempre. El dragón me miraba y me hablaba bajito poniendo sus garras en mi barbilla. Me contaba de su libertad, de sus ansias por volver a volar, me hablaba de sus remordimientos por el sacrificio que había exigido de mí, del poco derecho que tenía a pedirme que comprendiera sus motivos, elogiaba mi generosidad y agradecía mi entrega sin límites, me hablaba locuras que yo no adivinaba a entender ni me esforzaría en comprender, de finales trágicos, de venenos mortales, de dosis peligrosas. Acepté cualquier precio sin dudar, ofrecí mi alma porque mi corazón y mi cuerpo ya los tenía hipotecados, hubiera hecho cualquier cosa por no perderle, a él, a mi veneno. Mi amor: sólo quería oír dos palabras de su boca. Jamás las pronunció. Conforme fueron pasando los días aborrecí mi comportamiento y me fui quedando sin fuerzas para detenerle. Sólo era cuestión de orgullo y él lo sabía. Voló. Una noche se alejó de mí y perdí mi voz gritando en el balcón. He tardado demasiado en comprender, ingenua, que la trampa no la puse yo. La única felicidad que le importó fue la suya. Maldita sea tu falsa espera dragón, y maldito seas tú, pájaro destructor. Maldita sea tu vanidad, tu soberbia, y maldito este orgullo que me atraganta. Maldita la hora en que expuse mi cuello y maldita sea la noche, llena de torres inalcanzables, que te aleja de mí. SOBRE LOS ÁNGELES: Los ángeles muertos.“Tras de mí, imperceptible sin rozarme los hombros, mi ángel muerto, vigía.” Rafael Alberti Se la llevaron al día siguiente de su nacimiento, la niña tenía no sé qué carencia en el corazón. Anocheció al otro lado de las ventanas del hospital y la noche era muy negra. Su madre y yo nos mirábamos como extraños. No acertábamos a comprender porqué razón había podido sucedernos algo así. Los médicos entraban y salían de la habitación acristalada en la que habían instalado a nuestra hija. Yo notaba como imperceptible y recelosamente, crecía dentro de mí un odio hacia el mundo, hacia la madre, hacia todos, hacia cualquiera que pudiera siquiera rozar el diminuto cuerpo que yacía postrado, alfileteado infamemente, lejos de mi alcance. Y yo que huía. Me odiaba incluso a mí mismo por incapaz, por necio, por inútil. Notaba como algunas manos se posaban sobre mi hombro, oía palabras de consuelo y luchaba por no entenderlas. Abandoné la búsqueda de respuestas y me limité a no apartar mis ojos de la pequeña, como si con ello ayudara, como si mi vida prendiera de la suya, como si fuera posible que yo muriera si lo hacía ella. Esa palabra, muerte, se repetía en mi cabeza, y ya no habían más, era la única. Rondaba mi cabeza y rondaba cerca, tanto, que me temblaban las piernas. Durante aquella noche vendí mi alma al diablo en más de mil ocasiones, durante aquella noche rogué a Dios por la salud de la deliciosa y postré todas mis esperanzas ante sus pies desnudos. Durante aquella noche, una y otra vez, pedí perdón a Dios hasta que me dolieron las palabras. Durante aquella noche -no lo olvidaré nunca- conté los latidos de su corazón y dejé palpitar el mío ofreciéndose por el suyo, saliéndoseme por la boca con tal de correr en su auxilio. Durante aquella noche, la más larga de mi vida, el corazón enfermo de mi pequeña fue acariciado, empujado, alentado e imaginariamente acogido entre mis manos. Durante aquella noche sentí además que no estaba solo. La única vez que miré atrás pude sentir una aliento más, oí su respiración acompasada con la mía, acariciando donde yo ponía la mano, siguiendo mi rastro, mi lamento, palpitando al compás de mi corazón, del de mi hija, de nuestros ruegos. Acompañando mis pasos de bestia enajenada al otro lado del cristal, de un lado a otro, arriba, abajo, sin abandonar a la deliciosa ni un solo instante. La única vez que miré atrás no tuve miedo. El corazón de la niña dejó de latir al amanecer de su segundo día y yo lo supe antes que nadie porque el mío se detuvo con el suyo. No sentí ningún dolor. SOBRE LOS ÁNGELES: Paraíso perdido“Inmóviles los pulsos del sinfín de la noche” Rafael Alberti La madre de la criatura había cerrado los ojos minutos antes y dormía plácidamente en el lecho del hospital. El alumbramiento había sido extenso y molesto; con dolor se había abierto su carne y durante la noche se andaba plegando con una complejidad y una naturalidad incomprensibles. Mientras, afuera, una lluvia primorosísima parecía querer darle lustre al paisaje en honor a la pequeña recién nacida. La niña, la muy chiquitina, la deliciosa, se revolvía en la cuna intencionando mi interés. La tomé en mis brazos y me senté con ella junto a la ventana, cerca del radiador que intuí de genial ubicación, nervioso y esperando estar a la altura, arreglándole el arrullo y esforzándome inútilmente por aparentar -incluso ante mí, ridículo espectador de mis torpezas- una seguridad aplastante. Bostezó. Yo la mecía y ella me miraba. O parecía querer hacerlo. La deliciosa no dejaba de intentarlo, fijaba sus ojos en mi mentón y pestañeando, estiraba sus manos queriéndolo alcanzar. Y yo huía. Sentía una intimidación y una vergüenza que desconocía y que no imaginé llegara a sentir. Me había fijado bien en los demás cuando cogían a sus hijos, en sus sensaciones, había imaginado y preparado mi corazón para la llegada de mi hija y nada salía como esperaba. Miré a mi alrededor y no encontré a nadie. Quise llorar y las manos de la deliciosa alcanzaron mi rostro. Volvió a bostezar. Quedé prendido de la naturalidad con que me robaba aquellas lágrimas, torpemente, como si su última finalidad fuera esa. Como si espontáneamente supiera que me dolió sentirme así ante ella y me lo dispensara. La deliciosa se quedó dormida. En aquel preciso instante, en la noche, sujetando a mi hija frente al mundo, supe que no habría nada en él que no fuera capaz de hacer por ella. Supe que la amaba. Mi pequeña, mi niña, mi tesoro. Fue entonces cuando levanté la vista y amanecía, la magnificencia exterior quedó humillada ante nosotros, reté a Dios y a todos los hombres y me creí el más feliz de la Tierra. La deliciosa se estremeció en mis brazos, nos quedamos dormidos. Pseudo-elegíaSiempre, invariablemente, había sentido desapego por los cementerios. Esas necrópolis llenas de cuerpos sin vida, corruptos, descompuestos, infectos. Aunque en ellos había familiares míos directos, nunca me había allegado con la intención de encontrar allí a los seres que conocí en vida. A la hora de la verdad, mi lado más científico y cabal me recordaba una vez sentada frente a las lápidas, que nada de lo que yo había conocido podía quedar con vida allá adentro y esto me impedía aquietar la herida de su lejanía. Al contrario, mi cabeza se llenaba de imágenes, de representaciones grotescas donde mis queridos difuntos eran asaltados por toda clase de castigos y decadencias físicas. Esto me inquietaba y lejos de sentirme cerca de mis muertos, lo único que conseguía era desvirtuar la imagen que celosa y románticamente guardaba de ellos. Evité a toda costa asistir a entierros y sepelios, hasta que ineludiblemente llegó el mío. Repaso aquel instante con una sonrisa en los labios, a decir verdad no fue tan espinoso como se imagina. Recuerdo de mis últimos instantes las flores y el perfume que de ellas emanaba. Embriagando por completo, a veces hasta hacerme perder el sentido de lo que estaba ocurriendo y de los lamentos de los míos. Desde mi arca (que así la llamo yo) se oían muy de lejos, tan alejados que yo debía estar en otra suave estación de término y parecían cantos más que gemidos. Tampoco podía ver sus rostros, imagino que dolidos, pero uno a uno les fui tocando mentalmente el pelo hasta que cerré mis ojos y descansé. Ahora llevo una existencia, si es que así puede llamarse, serena. Los días transcurren lentamente. Las horas que paso en mi arca las dedico en parte a arrepentirme de tantas y tantas cosas que hubiera querido hacer y en parte a disfrutar de mis recuerdos. También suelo pasear por el camposanto. Esta actividad resulta muy placentera, le he cogido el gusto a recorrer las grandes avenidas que conforman mi nuevo hábitat y disfruto encontrándome con otros en mi misma circunstancia. He descubierto que los muertos sí pueden acompañar a sus parientes desde sus tumbas, que suelen sentarse junto a ellos y que, aunque no pueden percibir el aroma de las flores que les dejan junto al nicho, las agradecen y pasan sus manos sobre ellas, acariciándolas. He visto imágenes que pondrían los pelos de punta, como aquel día en el que el señor que descansa dos calles más abajo, pasó su brazo por encima de los hombros de su viuda, que lloraba, y le silbó una nana al oído. Directamente al alma. Parece que esto calmó su llanto, tanto, que mirando hacia la lápida sonrió. O cuando el padre del niño que trajeron hará un par de semanas se arrodilló junto a la foto de su hijo, y susurrando algo que no pude escuchar, hizo que el crío saliera de su arca y se pusiera a corretear a su alrededor. El hombre volvió a su casa con otra expresión en el rostro. Otras veces, los residentes se niegan a salir a pesar del llanto de sus visitantes, supongo que por rencor o sencillamente por falta de motivación. El caso es que a mí desde que me trajeron no ha venido nadie a verme. Estoy deseando acallar los cotilleos de mis compañeros. Todos dicen que no vendrán, que los suicidios son mal entendidos y que lo más normal es que ni aparezcan. Pero yo espero pacientemente la llegada de mi esposo, de mis hijos, de mi madre. Me sentaré junto a ellos. Les echo mucho de menos. Creo que me equivoqué. Sí, me equivoqué, pero ahora ya es tarde para arrepentirse. Mientras llegan, preparo nanas para cantar al oído de mi esposo, me fijo en las cosas que dicen los demás a sus parientes para hacer lo mismo, me coloco cerca de los que consuelan a sus apenados familiares e intento aprender de memoria cada movimiento, cada corriente, cada gesto, para llegado el momento, alcanzar al alma de los míos y calmar su pena. Dispongo con minuciosidad el encuentro. Imagino que cuando los vierta, mis susurros y mis caricias surtirán el efecto deseado. Así sabré lo que sienten los demás y podré unirme a ellos cuando se reúnen bajo el sauce de la plaza a comentar sus visitas. Es normal que tarden, deben sentirse abandonados. Siento que he desperdiciado minutos irrepetibles, que he malgastado todas y cada una de las caricias que traje aquí para transmutarlas en algo mucho más frío y distante. Debí calcular el alcance de mis actos. Ahora sólo me queda esperar. Mi padre, tan muerto como yo y con el que me encuentro bajo el árbol de la plaza, dice que no tardarán en pasar por mi calle porque a mamá parece que ya se le va pasando el odio. Me cuenta que ella le habla de cuando estuve a punto de irme y que se siente culpable por no haber podido evitarlo. Pero yo estaba decidida, no había otra salida. Y mis hijos. Mis hijos también han pasado por su tumba y les habla de mí, de su mamá, con calidez y con dulzura. Dice que cuando lo hace siempre piensa que dirigirán sus pasos hacia mí, pero toman el cubo del agua ya vacío y salen del cementerio evitando encontrarse conmigo a toda costa. Cuando acaba de contármelo pone su mano en mi mejilla y me sonríe como queriendo apaciguar mi inquietud y me regala una sonrisa. De mi marido no sabe nada, salvo que parece que está dispuesto a no venir. Supongo que nada he de reprocharles, la culpa la tuve yo y ya la estoy pagando. En fin, tengo que pensar en el modo de acercarme a mis hijos cuando vengan a ver a mi padre. No haré ruido, escucharé. Sentiré la desazón propia de los de mi condición, y me limitaré a mirarles desde mi calle por si se atreven a recorrerla. Si lo hacen, la alegría de nuestro encuentro será tan grande que hará palidecer de envidia a toda mi avenida. Nadie ha querido tanto a su familia como lo hice yo aunque ahora resulte tan difícil de creer. Me retiro, pero no dejaré de acechar el final de la calle por si alguno de mis seres queridos y ahora tan lejanos se acercara a visitar a esta alma que suele descansar en su arca abrazada a las flores que roba de la tumba de su padre. |
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